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El pensamiento crítico

Pensamiento crítico · 28/08/2026

Llevo varios años leyendo y escribiendo sobre pensamiento crítico y, cuanto más me meto en el tema, menos me convence esa imagen del pensador crítico que conoce muchas falacias y sabe detectar bulos. Claro que eso ayuda, pero es una parte muy pequeña del asunto. La dificultad de verdad aparece cuando una idea nos gusta, nos da seguridad o nos permite seguir perteneciendo a nuestro grupo.

Este artículo es mi intento de poner un poco de orden. Voy a empezar por la definición, aunque la parte que más me interesa viene después: por qué defendemos algunas creencias como si nos fuera la vida en ello y qué ocurre cuando intentamos analizar un discurso real. También he incluido bastantes referencias para que puedas comprobar de dónde sale cada afirmación y seguir tirando del hilo.

¿Qué es el pensamiento crítico?

No existe una definición aceptada por todo el mundo. La Enciclopedia de Filosofía de Stanford recoge varias tradiciones y propone una formulación deliberadamente amplia: pensamiento cuidadoso dirigido a un objetivo. Para este artículo voy a utilizar una definición propia, algo más exigente y, creo, también más fácil de recordar:

El pensamiento crítico consiste en la búsqueda sistemática de la verdad.

Con "sistemática" quiero decir que haces algo más que reaccionar. No hace falta sacar una plantilla cada vez que lees una noticia, pero sí frenar la primera respuesta, reconstruir qué está ocurriendo y buscar información que también pueda llevarte la contraria.

Por ejemplo, imagina que vas a comprar un coche. Lees comparativas, miras precios y eliges el modelo que mejor encaja con lo que ya querías. Hasta aquí, todo normal. Pero también puedes detenerte a revisar cómo has llegado hasta ahí. ¿Necesitas realmente un coche nuevo? ¿Elegiste primero la marca y luego buscaste razones para justificarla? ¿Estás comparando el coste total o solo la cuota mensual? Pensar críticamente implica analizar el coche y también cómo has decidido que ese coche te conviene.

Además, es una meta-habilidad y conviene aplicarla primero sobre las ideas propias. Encontrar agujeros en el razonamiento del adversario es bastante entretenido. Encontrarlos en una opinión que llevas diez años defendiendo tiene bastante menos gracia.

En "El verdadero poder del pensamiento crítico (y no es detectar fake news)" profundizo en lo que esta forma de pensar puede cambiar en nuestras decisiones y en la manera de construir una vida propia.

Qué no es pensamiento crítico

En casi todas las reuniones de trabajo aparece alguien que pone pegas a todo. Resopla, exagera cualquier fallo y convierte una dificultad menor en la prueba definitiva de que el proyecto es un desastre. Es el quejica de la reunión. Con un poco de suerte aparece también un mirlo blanco: alguien que critica, pero explica por qué, trae algún dato y propone una alternativa.

En el sentido cotidiano de la palabra, los dos son críticos. Pero solo uno está intentando averiguar qué ocurre y parece dispuesto a aceptar una respuesta que no coincida con su primera impresión.

Y desconfiar de todo tampoco basta. Puedes rechazar una afirmación verdadera porque viene de un periódico que detestas. Ese escepticismo no te acerca a la verdad; simplemente has decidido de antemano quién no puede tener razón. En "La pornografía de la duda: cómo se fabrican las conspiraciones" expliqué cómo la duda puede convertirse en un producto muy rentable cuando se usa para mantener cualquier asunto abierto de manera indefinida.

Luego están las falacias. Detectar un ataque personal o una apelación a la autoridad ayuda a evaluar un argumento, pero no decide si su conclusión es falsa. Un imbécil puede tener razón. Un premio Nobel puede equivocarse. Y, a veces, después de revisar lo que sabemos, la respuesta más razonable sigue siendo "todavía no lo sé".

Pensamiento crítico vs. pensamiento creativo

Haz la prueba: piensa veinte usos poco habituales para un ladrillo. Puede servir como pisapapeles, para calzar una mesa o como una pesa bastante incómoda. Si te paras a evaluar cada ocurrencia en cuanto aparece, seguramente te quedarás en cuatro o cinco. La creatividad necesita un rato de libertad para que el censor interno no mate cada idea nada más nacer.

Pero luego llega otro trabajo: comprobar si esas ideas sirven para el problema que intentas resolver. Si necesitas un objeto que mantenga abierta una puerta, el peso del ladrillo es una ventaja. Si quieres fabricar un flotador, empieza a ser un inconveniente serio.

A esa primera forma de pensar se la suele llamar divergente porque abre el espacio de posibilidades. La segunda es convergente porque filtra y selecciona. La creatividad produce opciones y el pensamiento crítico comprueba cuáles sirven. Aunque, como te puedes imaginar, en la práctica se mezclan: una evaluación puede obligarte a volver atrás y generar alternativas nuevas.

Eso sí, el orden es importante. Si juzgas demasiado pronto, produces pocas opciones. Si nunca juzgas, acabas con veinte usos para un ladrillo y ninguna solución. Y si te pones a evaluar sin haber buscado alternativas, es fácil que trates la primera idea que se te ocurrió como si fuera la única posible.

Por qué creemos en mierdas

Mi familia es muy de izquierdas y mis amigos de la infancia también. Durante años compartí buena parte de sus ideas. Luego empecé a leer más sobre economía y algunas dejaron de convencerme porque no encajaban bien con lo que iba aprendiendo. Las discutí y, claro, al poco tiempo había quedado etiquetado como hereje dentro de mi tribu.

No fue agradable. De hecho, a nivel personal creo que no me compensó. Es mucho más cómodo discutir las creencias del grupo de enfrente, porque cada error suyo confirma que los tuyos son los sensatos. En cambio, cuando cuestionas una idea económica compartida por tu familia y tus amigos, puede cambiar la manera en que te ven. Ellos intentan averiguar si sigues siendo uno de los suyos y tú intentas demostrar que no te has convertido en el enemigo.

Y tampoco salí de aquello vacunado contra el tribalismo. Sigo teniendo ideas que justifico mejor de lo que examino y asuntos en los que me cuesta mucho reconocer la incertidumbre. Ser consciente del problema ayuda, pero conocer el nombre de un sesgo no hace que desaparezca.

A esto se suma un problema bastante básico: nuestra atención y nuestra capacidad de cálculo son limitadas. No podemos auditar cada afirmación que escuchamos antes de levantarnos de la cama. Herbert Simon llamó racionalidad limitada a esta situación. Al final tomamos decisiones con información incompleta, poco tiempo y una capacidad finita para procesarlo todo.

Así que usamos atajos. Si una explicación se parece a algo que recordamos con facilidad, nos resulta más plausible. Y si una cifra encaja con nuestra primera impresión, dejamos de buscar antes. Estos atajos permiten decidir deprisa y suelen ser útiles; sin ellos no podríamos funcionar. Pero a veces seguimos fiándonos de esa respuesta rápida cuando la situación exige bastante más trabajo. Daniel Kahneman y Amos Tversky estudiaron algunos de esos errores en su artículo clásico de 1974.

Ahora bien, los atajos no explican todo. Algunas creencias cumplen una función dentro del grupo y revisarlas puede salir caro.

Por poner un ejemplo un poco bruto, mete a cien mil chimpancés en un estadio y pídeles que construyan una bomba atómica. No hace falta esperar mucho para imaginar el resultado. El Proyecto Manhattan, en cambio, llegó a emplear a unas 130.000 personas. Durante unos años coordinaron minas, fábricas, laboratorios, universidades y una administración gigantesca alrededor del mismo objetivo. El ejemplo es siniestro, pero muestra una capacidad humana extraordinaria: podemos cooperar a gran escala con desconocidos.

Aquellas 130.000 personas compartían una administración y un objetivo. Una bandera puede conseguir algo parecido con millones de personas que nunca se conocerán: hace que se reconozcan como miembros del mismo grupo. Pero también puede convertir una afirmación discutible en una prueba de lealtad.

Tal y como yo lo veo, aquí conviene separar dos funciones de las creencias. Algunas nos ayudan a movernos por el mundo. Si me equivoco sobre la resistencia de una pared o sobre la dosis de un medicamento, la realidad puede corregirme de una manera bastante desagradable. Otras creencias nos ayudan a conservar nuestros vínculos. Lo que dices sobre una política pública también les cuenta a los demás qué valores tienes y con quién estás dispuesto a colaborar.

Llamo "funcionales" a las primeras y "sociales" a las segundas. Es una herramienta que uso para pensar, no una taxonomía científica cerrada. De hecho, casi cualquier creencia política tiene consecuencias prácticas y una dimensión social. Pero la distinción ayuda a entender por qué podemos ser muy rigurosos en el trabajo y volvernos sorprendentemente indulgentes con una afirmación que favorece a nuestro partido.

Dan Kahan y otros investigadores han estudiado cómo la identidad de grupo puede influir en la manera de interpretar información política. En el experimento de "Motivated Numeracy", las personas con mayor habilidad numérica resolvían mejor un problema cuando trataba sobre una crema para la piel. Sin embargo, al presentar los mismos números como datos sobre el control de armas, la interpretación se dividía según la posición política.

El resultado es llamativo, aunque conviene no convertirlo en una ley universal. Un estudio posterior con una muestra probabilística amplia de Estados Unidos no encontró que una mayor habilidad numérica produjera más razonamiento políticamente motivado. Sabemos que la identidad influye. Cuándo lo hace, cuánto pesa y a través de qué proceso todavía se discute.

Hugo Mercier y Dan Sperber van un poco más lejos. Según su teoría argumentativa del razonamiento, buena parte de nuestra capacidad para razonar habría evolucionado en contextos sociales, donde necesitábamos defender nuestras decisiones y evaluar los argumentos de otros. Es una teoría discutida, no una descripción definitiva de la mente humana. Aun así, encaja con algo que vemos a menudo: ponemos mucha más energía en defender una conclusión que en averiguar si es cierta.

Por eso un dato contrario puede parecer una agresión aunque nadie haya levantado la voz. Si la idea está unida a tu grupo, revisarla tiene un coste que no aparece en ninguna hoja de cálculo. Puedes perder estatus, complicar una amistad o tener que reconocer que trataste injustamente a alguien. Y, cuando ocurre eso, la búsqueda de la verdad compite con necesidades bastante reales.

En "24 razones por las que no eres un buen pensador crítico" repasé varias de estas dificultades personales y sociales. Los sesgos no son una tara reservada a la gente estúpida. La inteligencia te da más recursos para examinar una idea, pero también para construir una defensa sofisticada de la primera chorrada que te conviene creer.

Razón vs. emoción

Imagina que al final del telediario aparecen imágenes de una guerra. Hay niños heridos, madres llorando y edificios destruidos. Luego aparece un número de cuenta para ayudar a las víctimas y donas cien euros. La tristeza y la impotencia te han empujado a actuar.

Sin ese impulso quizá habrías cambiado de canal y seguido con la cena. Así que la emoción ha cumplido una función importante: ha dirigido tu atención hacia personas que están sufriendo.

Pero después puedes hacerte otra pregunta: si quiero ayudar, ¿dónde puede producir más bienestar este dinero? En 2024 la malaria causó, según la Organización Mundial de la Salud, unas 610.000 muertes. La mayoría de esas personas nunca aparecerán en tu pantalla. GiveWell publica estimaciones sobre el coste y el impacto esperado de distintas intervenciones, entre ellas las mosquiteras tratadas con insecticida. Son modelos con supuestos y márgenes de error, no garantías sobre el destino exacto de cada euro. Pero al menos permiten comparar una necesidad muy visible con otras que siguen ahí cuando se apaga el televisor.

Claro, en cuanto te haces esa pregunta, la decisión se complica. Donar a las víctimas de una guerra puede seguir siendo una buena decisión. Quizá te preocupa especialmente ese conflicto o conoces una organización fiable. La emoción puso una necesidad delante de tus ojos; el razonamiento te obliga a compararla con las que no has visto.

Tal y como yo la entiendo, la razón es la capacidad de usar lo que sabemos para perseguir un objetivo. Pero no elige por sí sola todos nuestros objetivos. Una persona puede razonar de manera impecable para vengarse de alguien. El cálculo le ayudará a escoger el medio más eficaz, aunque la venganza siga siendo un fin bastante miserable.

Así que aquí hay dos preguntas. Primero tienes que decidir qué quieres conseguir con la donación. Luego toca averiguar qué organización puede acercarte mejor a ese objetivo. Los datos ayudan mucho con la segunda; la primera también depende de compromisos morales que no salen de una tabla.

Además, no existe una frontera limpia entre una mente emocional y otra racional. Una emoción puede decidir qué problema recibe nuestra atención y cuánto tiempo seguimos buscando. Y el razonamiento puede corregir la primera impresión o convertirse en su abogado. A veces creemos que estamos siguiendo las pruebas cuando llevamos diez minutos buscando una forma respetable de justificar lo que queríamos hacer desde el principio.

Eso sí, el cálculo también tiene su trampa. Un modelo de coste-efectividad reduce una vida humana a las variables que sabe contar, así que conviene mirar qué ha dejado fuera antes de seguir el resultado.

En una emergencia quizá no haya tiempo para todo esto. Pero si estás decidiendo dónde donar cada mes, puedes permitirte una pregunta más: ¿dónde puede ayudar más esta cantidad para el objetivo que he elegido?

Explorador vs. soldado

En "La mentalidad del explorador", Julia Galef describe dos maneras de relacionarnos con nuestras creencias. El explorador intenta dibujar un mapa que se parezca al terreno y, si encuentra un río donde había marcado un camino, lo corrige. El soldado tiene otra misión: defender una posición. Para él, la información nueva es munición o una amenaza que debe rechazar.

Claro que nadie es explorador o soldado durante todo el día. Podemos aceptar una corrección técnica en el trabajo y atrincherarnos cinco minutos después al hablar de política. O revisar tranquilamente una opinión sobre un asunto lejano y defender con uñas y dientes una decisión que ya hemos anunciado en público.

Dos formas de reaccionar ante un dato que contradice nuestras creencias: el soldado lo rechaza y el explorador corrige su mapa

Desde pequeño he sido curioso y preguntón. No me gustaba aprender de memoria y muchas respuestas de los profesores me parecían insuficientes. Además, ir contracorriente me salía con bastante facilidad. Esa parte del explorador vino de serie.

Pero siempre me ha costado aceptar la ambivalencia, la incertidumbre y las críticas. Ahí he tenido que trabajar mucho más y todavía me queda. La curiosidad ayuda a abrir una investigación, claro, pero si necesitas cerrar cada asunto con una respuesta clara puedes acabar aceptando una explicación mediocre con tal de librarte de la duda. Y resulta complicado dibujar un buen mapa si reaccionas a cada corrección como si alguien estuviera intentando arrancártelo de las manos.

Lo que me gusta de la metáfora de Galef es que habla sobre todo de motivación. Dos personas pueden conocer las mismas reglas de lógica y tratar una prueba de maneras muy distintas. Una se pregunta "¿qué indica este dato?"; la otra, "¿cómo puedo usarlo?". Por eso muchas discusiones que parecen tratar sobre una tesis acaban siendo una defensa de la reputación de quienes participan.

Y hay una trampa bastante divertida: convertir "soy un explorador" en una identidad que debes defender. Enseguida empiezas a coleccionar ejemplos de tus cambios de opinión y a explicar por qué los demás son soldados. Al final, la metáfora que debía ayudarte a revisar el mapa acaba protegiendo tu castillo.

La prueba de verdad llega cuando una evidencia te fastidia. ¿La lees completa o buscas enseguida una objeción? ¿Reconoces delante de otra persona que tu argumento principal se ha caído? Es muy fácil declararse abierto a la crítica mientras la crítica sigue siendo hipotética.

Y esto afecta a la forma de debatir. Si el objetivo es ganar, caricaturizar la postura contraria puede funcionar. Pero si quieres entenderla, necesitas reconstruir una versión que su defensor pueda reconocer. En "Cómo debatir sin parecer un gilipollas (I)" desarrollé esta diferencia con más calma. Escuchar bien no te obliga a conceder la razón; evita que gastes media hora derrotando un argumento que nadie había defendido.

El mapa no es el territorio

Al fin y al cabo, pensamos mediante mapas. Un diagnóstico médico selecciona una parte de la realidad y deja el resto fuera. Puede ser bastante bueno y seguir siendo incompleto. También puede quedarse anticuado mientras nosotros continuamos usándolo porque ya sabemos movernos por él.

Para no olvidar esa distancia uso el "verdadómetro". Imagina un deslizador con el que indicas cuánta confianza tienes en una afirmación. En un extremo colocarías algo que consideras casi seguro y, en el otro, algo que cuenta con muy poco apoyo.

Eso sí, el número no mide la verdad como un termómetro mide la temperatura. Si das un 70 % a una afirmación, estás expresando tu grado de confianza. Otra persona razonable, con la misma información, podría dar un 60 %. Lo útil viene después, cuando ambos explicáis por qué.

Imagina que un compañero culpa a un proveedor del retraso de vuestro proyecto. Sabes que entregó dos piezas tarde, así que mueves el verdadómetro bastante a la derecha. Pero luego descubres que vuestro equipo cambió las especificaciones tres veces y tardó una semana en responder varias preguntas. El retraso del proveedor sigue siendo real. La explicación "todo fue culpa suya" ya no parece tan buena.

Fíjate en la diferencia. "El proveedor se retrasó" puede contar con pruebas sólidas. "El proveedor causó el retraso del proyecto" exige saber qué habría ocurrido si hubiera entregado a tiempo y cuánto pesaron los demás problemas. Una sola palabra añade una relación causal y cambia lo que debemos demostrar.

Cuando muevo el deslizador suelo mirar dos cosas. Primero, si la explicación encaja con lo que sabemos sobre cómo funciona el asunto o necesita suponer relaciones bastante extrañas. Y luego están las pruebas. Una explicación elegante sin datos puede ser una buena hipótesis. Una correlación repetida, aunque todavía no sepamos bien por qué aparece, puede ser una pista valiosa. Ninguna de las dos decide siempre el juicio por sí sola.

En asuntos complejos, de hecho, suele ser más honesto usar un rango. Puedes pensar que una explicación tiene entre un 50 % y un 70 % de posibilidades de ser correcta. La anchura del intervalo reconoce que faltan datos o que no sabes bien cómo interpretarlos. El valor seguirá siendo subjetivo, pero te obliga a distinguir entre "me parece posible" y "apostaría bastante dinero por ello".

Y ni siquiera hace falta que cambies de bando. Quizá empezaste en un 80 % y una objeción te hizo bajar al 60 %. Sigues inclinándote por la misma respuesta, pero la nueva información ha cambiado algo. En una discusión donde solo puedes estar a favor o en contra, ese movimiento desaparece.

El verdadómetro sirve para hacer visible la incertidumbre y discutirla. Pero, ojo, no sustituye el conocimiento del asunto. Dos personas pueden justificar con mucha elegancia sus porcentajes y estar las dos perdidísimas porque ninguna conoce bien el campo que está discutiendo.

Cómo analizar un discurso

Vamos a probar todo esto con un discurso real. El 17 de noviembre de 2024 Airbnb publicó un comunicado dirigido al alcalde de Barcelona. La empresa pedía que el Ayuntamiento reconsiderara las políticas sobre las viviendas de uso turístico, conocidas como VUT. Elegí este texto porque su dato principal parece cerrar el debate y, sin embargo, deja una pregunta enorme sin responder.

El tema es la relación entre turismo y vivienda en Barcelona. Pero un tema no es una tesis. Para saber si el comunicado tiene razón, primero hay que concretar qué quiere que acepte el lector y qué le está pidiendo al Ayuntamiento.

Dicho con mis palabras, la tesis sería esta: Barcelona debería dejar de tratar las VUT como una causa prioritaria del problema de vivienda y turismo y replantear su política. Airbnb no lo dice siempre así. Parte del trabajo consiste precisamente en reunir afirmaciones dispersas y escribir la conclusión completa.

Algunas premisas están a la vista y otras quedan escondidas. El comunicado dice que los alojamientos de corta duración disminuyeron y que los precios siguieron subiendo. Pero para llegar a la tesis necesita asumir algo más: si una medida no revierte el problema durante ese periodo, el factor que intenta reducir no debe de ser una causa prioritaria. Buena parte del argumento descansa sobre esa idea.

Ahora toca encontrar el tronco del razonamiento. Airbnb recuerda que Barcelona llevaba diez años restringiendo las VUT y afirma que el número de alojamientos de corta duración había disminuido mientras los alquileres y los precios de la vivienda alcanzaban máximos históricos. La empresa propone además otra explicación: el problema principal sería la falta de oferta residencial.

Contado así, parece bastante convincente. Se limitaron las VUT, las VUT bajaron y la vivienda siguió encareciéndose. Luego la medida no funcionó y el Ayuntamiento está mirando en la dirección equivocada.

Reconstrucción del argumento de Airbnb y del salto que exige un contrafactual
La primera conclusión cabe en los datos. La segunda necesita saber qué habría ocurrido sin las restricciones.

El problema es que entre esas premisas y la conclusión falta algo.

Una medida puede tener algún efecto y no llegar a resolver el problema. Un antibiótico, por ejemplo, puede reducir una infección sin curar al paciente si hay otras complicaciones. Con las VUT ocurre lo mismo: los precios pueden subir después de restringirlas y haber subido todavía más sin la restricción. La pregunta decisiva es cuánto habrían subido sin ella. A ese escenario alternativo lo llamamos contrafactual.

Airbnb no construye ese escenario. Compara la ciudad antes y después, pero durante esos años cambiaron la población, la construcción, la demanda turística y otras condiciones que también afectan a la vivienda. Así que, aunque verificáramos cada cifra del comunicado, todavía tendríamos que separar el efecto de las VUT del resto.

También hay que comprobar si las premisas aguantan. "Los alojamientos de corta duración disminuyeron" sostiene buena parte del razonamiento, así que necesitamos saber de dónde sale la cifra y cómo se contaron los anuncios. Primero hemos visto para qué la usa Airbnb. Ahora podemos comprobar si está bien apoyada.

Porque no todas las piezas del comunicado hacen el mismo trabajo. Airbnb habla de una "carrera por limitar" las VUT. La fecha y la duración apoyan la idea de que la política tuvo tiempo para actuar. La palabra "carrera", en cambio, sugiere precipitación u obsesión regulatoria. La misma frase aporta información y, de paso, carga el marco.

El texto presenta también a los anfitriones como "ciudadanos de a pie" y describe una "guerra" contra los alquileres de corta duración. Son expresiones pensadas para despertar simpatía por una parte y hostilidad hacia la otra, pero si las quitas el argumento sigue en pie. En cambio, si desaparece la premisa sobre la reducción de alojamientos, el razonamiento pierde una pata.

Y luego están las ramas. El comunicado compara las viviendas vacías con las licencias turísticas y recuerda el peso de los hoteles en la masificación. Esos datos pueden ser ciertos y relevantes para otras preguntas, pero no nos dicen cuánto contribuyen las VUT al precio de la vivienda ni qué efecto tuvo restringirlas. Si intentamos comprobar a la vez las viviendas vacías, los hoteles, los pleitos, cada anuncio eliminado y cada palabra cargada, podemos pasar horas trabajando y seguir sin tocar la inferencia central.

Yo suelo hacerme una pregunta bastante sencilla: si esta pieza fuera falsa, ¿cuánto sufriría la tesis? Si la respuesta es "mucho", estamos cerca del tronco. Si apenas cambia, probablemente estamos ante una rama o una pieza retórica.

¿Y qué encontramos cuando salimos del comunicado? Un estudio de García-López y varios colegas, publicado en 2020, estimó que la actividad de Airbnb había elevado los alquileres un 1,9 % en el barrio medio de Barcelona y un 7 % en los barrios con más actividad de la plataforma. El estudio tiene supuestos y límites, como todos, pero complica bastante la idea de que las VUT carecen de efecto.

Otro trabajo publicado en 2025 analizó la regulación de los alquileres de corta duración entre 2015 y 2023. Sus autores estimaron que sin restricciones habría habido unas 20.000 ofertas, frente a las 10.700 observadas. Es decir, el control y el intercambio de datos parecen haber limitado la expansión del mercado. Eso todavía no nos dice cuánto bajó o dejó de subir el alquiler residencial.

Con lo que sabemos, Airbnb tiene razones para cuestionar que restringir las VUT baste para resolver el problema de vivienda. La oferta residencial, la demanda y otras condiciones pueden pesar mucho más. Pero su propio argumento es compatible con que las VUT afecten a los precios y la regulación haya frenado parte de la subida. Para saber cuánto, necesitamos estimar qué habría ocurrido sin ella.

Este tipo de análisis es justo donde las herramientas empiezan a atascarse al llevarlas a la práctica. En "Lo que he aprendido intentando enseñar a pensar mejor" cuento algunos ejercicios que funcionaron y otros en los que, sinceramente, metí demasiadas cosas.

Cuándo merece la pena pensar críticamente

No hay nada más triste que ver cómo una charla agradable se va al traste por culpa del abogado del pensamiento crítico. Es el ratón de biblioteca que pide la referencia del estudio científico cada vez que alguien dice que el plátano es bueno para la memoria. Y si aprende una lista de falacias, empieza a señalarlas durante la comida del domingo. Sus argumentos quizá mejoren. El número de invitaciones suele tomar la dirección contraria.

Pensar críticamente consume tiempo y atención, sobre todo cuando todavía no se ha convertido en hábito. Y el esfuerzo no siempre compensa. Para averiguar qué marca de café te gusta basta con probar unas cuantas. O bueno, también puedes revisar un metaanálisis, pero quizá tengas cosas mejores que hacer. Una hipoteca, en cambio, puede condicionar tus finanzas durante veinte o treinta años y merece bastante más trabajo.

Con un titular alarmista ocurre lo mismo. Si no vas a hacer nada con él, quizá merezca treinta segundos. Si piensas reenviarlo a doscientos alumnos, tendrás que dedicarle algo más porque ahora hay una acción que depende de esa información.

Me gusta pensar en esa energía como el maná de un mago. Imagina que hoy tienes cien puntos. A la compra del café quizá le das uno. A un titular alarmista que te ha llegado por WhatsApp puedes dedicarle cinco antes de reenviarlo: abres la noticia, compruebas la fecha y buscas la fuente original. La hipoteca se lleva sesenta o setenta porque el coste del error es alto y no puedes deshacerla mañana sin consecuencias.

Para repartirlo suelo hacerme tres preguntas bastante relacionadas. ¿Qué pasa si me equivoco? ¿Puedo corregir la decisión? ¿Y cuánto cuesta comprobarla? Si la consecuencia es grave, la decisión difícil de revertir y la información accesible, merece la pena gastar más. Pero cuando discutir la afirmación solo sirve para demostrar que eres el listo de la mesa, puedes guardar el maná para otra cosa.

Eso sí, también conviene poner un límite a la investigación. Siempre puedes leer otro artículo, pedir una segunda opinión o construir un escenario nuevo. Pero llega un momento en que reducir un poco más la incertidumbre cuesta más de lo que puedes ganar. Con el café ese momento llega enseguida. Antes de una operación arriesgada o una inversión que compromete tus ahorros, tarda bastante más.

¿Y todo esto se puede aprender? Hasta cierto punto, parece que sí. Una revisión que reunió 341 tamaños de efecto encontró una mejora media modesta y mucha variación entre intervenciones. El diálogo y los problemas reales aparecían entre los componentes prometedores. Aun así, aprender una herramienta en un ejercicio no garantiza que la uses meses después, en otro contexto y justo cuando una creencia propia está en juego.

Por eso yo empezaría por una regla menos ambiciosa: usa primero el bisturí contigo. Antes de exigir una fuente, piensa qué prueba aceptarías si apoyara la conclusión contraria. Antes de reenviar el titular de WhatsApp, abre el enlace. Y antes de firmar la hipoteca, gasta casi todo el maná que te quede.

¿Qué decisión de tu vida merece ahora mismo más maná? Puedes contármelo en los comentarios.

Creé el Curso Avanzado de Pensamiento Crítico porque las listas de sesgos y falacias se me quedaban cortas. Puedes leer cincuenta artículos sobre pensamiento crítico y seguir reaccionando igual cuando alguien toca una creencia propia. Durante el curso tienes que aplicar las herramientas a preguntas y discursos reales. Presentas tu análisis, escuchas las objeciones y decides qué partes debes rehacer. El curso dura varios meses porque aprender a revisar tu propio razonamiento requiere mucha práctica.

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Archivado en: Pensamiento crítico

Val Muñoz de Bustillo

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