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Lo que he aprendido intentando enseñar a pensar mejor

Pensamiento crítico, Artículos · 18/07/2026

Si lo prefieres, puedes escucharlo en Spotify, iVoox o Apple.

Después de diez meses enseñando pensamiento crítico, he visto que entender una idea es mucho más fácil que usarla bien. En una de las tutorías del Curso Avanzado de Pensamiento Crítico se vio muy claro.

Analizamos esta pregunta:

¿Cómo puede afectar un límite de precios a la oferta de alquiler habitual?

Para responderla, dibujamos un esquema con las opciones que tenía un propietario si le limitaban el precio. Enseguida se llenó de flechas.

Al principio parecía sencillo. Si con el límite los propietarios esperaban ganar menos, algunos podían vender la vivienda o ponerla en Airbnb.

El esquema parecía claro hasta que intentamos justificar las flechas. No sabíamos cuántos propietarios dejarían el alquiler habitual. Y vender una vivienda tampoco reducía necesariamente la oferta: el comprador podía volver a alquilarla.

Esa tutoría resume bien lo que nos ha ocurrido varias veces. Puedes empezar pensando que lo tienes bastante claro y, media hora después, sentir que sabes menos que al principio. No es el mejor eslogan para vender un curso, pero describe bien lo que pasa.

Durante el curso hemos hablado de vivienda, inteligencia artificial y la jornada laboral de cuatro días, entre otros temas. En muchos de esos temas, los alumnos ya tenían una opinión formada.

Yo también.

Puedes leer que han vuelto a subir los alquileres y soltar enseguida: «La culpa es de Airbnb». En una práctica tienes que explicar cómo Airbnb hace subir los precios y qué datos permitirían comprobarlo. Ahí empiezas a ver todo lo que te falta.

Todo se complica más cuando analizas un discurso sobre un tema que te importa y lo que quieres es darle la razón o desmontarlo.

Posponer el juicio

En cuanto lees un texto, es muy fácil que aparezca una primera reacción: «Esto tiene sentido» o «este autor intenta manipularme». Es normal. Pero si la conclusión coincide con lo que ya pensabas, sueles hacer la vista gorda. Y si te incomoda, buscas enseguida por dónde atacarla.

Volvamos al ejemplo de la vivienda. Imagina que un artículo afirma que limitar los precios reduce la oferta de alquiler. Para saber si tiene razón, primero hay que concretar qué está afirmando. Puede estar defendiendo que limitar los precios siempre reduce la oferta o simplemente que algunos propietarios podrían dejar de alquilar. Son afirmaciones distintas. Puedes rechazar la primera y considerar razonable la segunda.

Durante el curso hemos pedido a los alumnos que, antes de evaluar un discurso, expliquen con sus propias palabras qué afirma. Y que lo hagan de forma que su autor pueda decir: «Sí, eso es lo que defiendo». Solo después buscamos los puntos débiles y comprobamos si las pruebas son suficientes.

Ya habrá tiempo de decidir si tiene razón.

Imagina que encontramos pruebas convincentes de que algunos propietarios dejaron de alquilar por el límite de precios. Eso apoya una parte de la afirmación. Todavía falta saber si fueron tantos como para que se notara en el número de viviendas disponibles o si estamos hablando de unos pocos casos. La conclusión podría ser que el límite sí influyó, pero mucho menos de lo que daba a entender el autor.

También tengo algo que ganar

Creo que el curso ha ayudado a algunos alumnos a ser menos tajantes cuando las pruebas no bastan. Los he visto cambiar de postura después de trabajar un problema durante semanas. También los he visto reconocer que una idea que al principio les parecía evidente no estaba tan clara.

Pero hay algo que debes tener en cuenta: me gustaría que parte de quienes escuchan este capítulo se apuntara a la segunda edición. Tengo un incentivo para contar lo que ha funcionado bien y dejar en segundo plano lo que no ha funcionado tan bien.

Que yo tenga algo que ganar no basta para descartar lo que acabo de decir. Pero sí conviene preguntarme en qué me baso.

La pega es que los cambios más claros se han dado entre quienes más han participado. Y esos alumnos ya estaban bastante dispuestos a revisar sus ideas desde el principio. Quizá el curso les ha ayudado a mejorar. Quizá habrían cambiado igualmente porque ya tenían esa actitud. No sé cuánto del cambio viene del curso y cuánto de ellos.

En enero, Laura contó en la primera encuesta del curso que solo aplicaba lo aprendido de vez en cuando. Sentía que se le iban olvidando las ideas y necesitaba practicar más.

Por esas fechas hizo un ejercicio que consistía en construir la mejor versión posible del argumento de otra persona antes de responder. Después escribió en Telegram que le había impresionado lo que se puede aprender cuando escuchas al otro sin estar pensando en defender tu postura.

Tres meses después, en la segunda encuesta, dijo que ya estaba usando lo aprendido varias veces por semana. Lo notaba sobre todo al hablar con personas que pensaban distinto y decía que el curso estaba cambiando su manera de escuchar.

No quiero sacar demasiadas conclusiones de dos encuestas y un mensaje. Pero encaja con algo que he visto en las tutorías: algunos alumnos ya se paran y se hacen preguntas que al principio tenía que hacerles yo.

Responder bien a la pregunta equivocada

En la tutoría sobre el tope de los alquileres empezamos con una pregunta concreta: cuando se limita el precio, ¿hace eso que haya menos pisos disponibles para alquilar? A los pocos minutos ya estábamos discutiendo si la medida era buena o mala.

Pero no era la misma pregunta. Para decidir si el límite merece la pena hay que tener en cuenta todos sus efectos. Puede beneficiar a quien ya vive de alquiler si consigue pagar menos y perjudicar a quien busca casa si encuentra menos pisos. Nosotros solo estábamos intentando averiguar si el límite reducía la oferta.

Esto nos ha pasado muchas veces en las tutorías. Puedes razonar bien, encontrar buenos datos y terminar respondiendo a una pregunta distinta de la que querías resolver.

Desde entonces intento escribir la pregunta de la forma más concreta posible antes de empezar a analizar. Y si durante el análisis aparece otra pregunta mejor, la cambio. Lo importante es saber en cada momento qué estamos intentando averiguar, porque de eso depende qué pruebas necesitamos.

De «no me convence» a saber qué falta

En las primeras tutorías era habitual que alguien dijera: «Esto no me convence». A veces veía que el artículo no demostraba lo que decía, pero no sabía explicar qué faltaba. Y mientras la duda se quedara ahí, tampoco sabíamos qué había que comprobar.

Con el tiempo, los alumnos empezaron a concretar más: «El artículo muestra que, después de aprobar el límite de precios, había más pisos disponibles para alquilar. Pero eso no demuestra que el límite no haya reducido el número de viviendas».

Puede parecer contradictorio, pero no lo es. Sin el límite, quizá el número de viviendas habría aumentado todavía más. Para saber qué efecto tuvo la medida, necesitaríamos comparar lo que ocurrió con lo que habría ocurrido si no se hubiera aprobado. A ese segundo escenario lo llamamos «contrafactual».

El problema es que no podemos observar la misma ciudad con el límite y sin él. Así que tenemos que buscar una comparación. Podemos mirar qué ocurrió en ciudades parecidas donde no se limitó el precio. Si allí el número de viviendas aumentó mucho más, tendríamos algún motivo para pensar que el límite frenó ese aumento. La comparación no resuelve por sí sola la pregunta, pero ya sabemos qué estamos buscando.

Los alumnos no siempre han cambiado de postura al plantear así sus dudas. Pero algunos ya no se quedan en «esto no me convence». Ahora pueden explicar qué falta en el argumento y qué tendrían que comprobar.

Una tutoría no basta

Después de una tutoría puedes salir pensando que ya has entendido dónde te precipitabas. Entonces llega una práctica sobre otro tema y vuelves a caer en lo mismo.

Al principio, era yo quien corregía a los alumnos. En cuanto veía el error, me salía explicárselo y seguir. Más de una vez terminé yo mismo la respuesta antes de que el alumno hubiera acabado. Era más rápido, claro, pero también le ahorraba parte del ejercicio.

Así que empecé a contenerme y a preguntar: «¿Cómo sabes eso?» o «¿Qué prueba necesitarías?». En otras ocasiones, un compañero proponía una explicación que nadie había tenido en cuenta.

Entender el error una vez no bastaba. Había que repetir esas preguntas hasta que empezaran a hacérselas sin mi ayuda.

El rulo de tofu

Y mientras les hacía esas preguntas, empecé a hacérmelas yo también.

Hace unos días, Mariana compró varias cosas refrigeradas, entre ellas un rulo de tofu con algas. Hacía unos 35 grados en Madrid. Pero, en vez de volver a casa, entró en una tienda Humana a mirar ropa. Cuando me enteré, la compra llevaba más de una hora fuera de la nevera.

Me molestó. Pensé: «¿Cómo no se le ha ocurrido que, con este calor, tenía que volver a casa?».

Y enseguida fui mucho más lejos. Aquella decisión me pareció una prueba de que Mariana no presta atención a cosas evidentes. Pensé que, si yo no estaba pendiente, se le escapaban cosas que cualquier otra persona habría previsto.

Luego caí en la cuenta de lo que estaba haciendo. Entrar en la tienda Humana con la compra podía ser simplemente un despiste. Pero de ahí a todo lo que yo estaba pensando sobre Mariana había un salto enorme.

Durante el curso he pedido muchas veces a los alumnos que separen lo que ha ocurrido de la conclusión que están sacando. Aquel día me tocó hacerlo a mí. Mariana se había despistado con la compra. Yo había convertido ese despiste en una prueba de que tenía que estar siempre pendiente de ella.

La segunda edición

Al escuchar la historia del rulo, es fácil ver dónde me precipité. Lo difícil es darte cuenta cuando estás enfadado y tu conclusión te parece evidente.

Por eso dedicamos tanto tiempo a practicar con problemas distintos. Quiero que los alumnos se paren a comprobar qué saben y qué están dando por supuesto también cuando no estoy delante. A Laura ya le está ocurriendo.

También intentamos que esa forma de pensar pase de un tema a otro. Durante estos diez meses hemos comparado estudios sobre la jornada laboral de cuatro días y analizado dos artículos que contaban de forma muy distinta una misma ley.

Este mes termina la primera edición. En septiembre abriré 26 plazas para la segunda y ya hay unas 60 personas interesadas.

En esta página puedes consultar cómo funciona el curso, el temario completo y los precios. De momento, puedes dejar allí tu email para apuntarte a la lista de interesados y recibir la información cuando abra las plazas.

Y sí, claro que me gustaría que te apuntaras. Tampoco voy a fingir que me da igual. Pero prefiero que leas cómo funciona el curso y decidas si es así como te gustaría aprender.

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Val Muñoz de Bustillo

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