Los programas de misterio y conspiraciones siempre han estado en lo alto de la parrilla televisiva. En España tenemos a Iker Jiménez. En Estados Unidos, el podcast del carismático Joe Rogan es uno de los podcast más escuchados del mundo.
A todos nos gusta escuchar una de esas largas conversaciones en las que hay sospechas, intenciones ocultas y preguntas sin resolver. Al escucharlas, muchos sentimos esa mezcla de curiosidad y privilegio del que accede a información oculta para la mayoría. Y esa sensación es placentera, muy placentera.
La duda es una cualidad muy valiosa, pero no en todas sus formas.
Por un lado existe la actitud del científico y del filósofo. La del explorador. Su fin último es comprender mejor el mundo que le rodea.
Luego hay otra forma de dudar: la eterna sospecha. Ese escepticismo inagotable del conspiranoico y del amante del misterio. Esta actitud no busca el conocimiento, sino recrearse en la sensación de estar frente a lo desconocido. Es poco fértil y a veces cínica. Sam Harris llamó a esta forma de duda la pornografía de la duda.
Volvamos a Joe Rogan. Uno de los comunicadores más famosos de nuestro siglo. Su programa de entrevistas kilométricas ha congregado a personajes tan dispares como Donald Trump, Ilia Topuria, Quentin Tarantino o Elon Musk.
Es un tipo que puede hablar de artes marciales mixtas, de vacunas y de cambio climático sin despeinarse. Es un comunicador brillante, curioso, carismático, divertido, y tiene ese aura de macho alfa sensible que gusta tanto a hombres como a mujeres.
Su habilidad para las entrevistas es deliciosa. Sabe hacer sentir cómodos a sus compañeros de mesa y es suficientemente inteligente como para que la entrevista no se convierta en un conjunto de lugares comunes. Vamos, que su éxito no es casualidad.
Hoy traigo a Rogan a Polymatas, no para echarle flores, sino para señalarlo. A él y a todos los que como él alimentan la pornografía de la duda. Cuando alguien como Joe, con una audiencia de millones, da espacio a ideas absurdas, peligrosas y pseudocientíficas sin someterlas a suficiente presión crítica, puede tener consecuencias reales.
En el capítulo de hoy hablaremos de la duda y de cómo puede ser una herramienta para el progreso o un arma de confusión con consecuencias muy serias. Para ello usaremos a Joe Rogan y una entrevista que le hizo a Robert F. Kennedy Jr. como hilo conductor.
Empecemos.
También puedes escucharlo en Spotify, iVoox o Apple.
Rogan entrevista a RFK Jr.
El caso que quiero usar como hilo conductor tuvo lugar en junio de 2023, cuando Joe Rogan entrevistó durante unas tres horas a Robert F. Kennedy Jr.
RFK no es un invitado cualquiera. Es miembro de la familia Kennedy, abogado ambientalista y en aquel momento aspirante a la presidencia. Es decir, no estamos hablando de un conspiranoico de Forocoches. Estamos hablando de alguien con mucho peso mediático y político.
Durante la conversación, la charla derivó al asunto de las vacunas y sus peligros.
Pero RFK Jr. no era un experto en vacunas. No era inmunólogo ni investigador. Más bien era conocido por haber fundado Children’s Health Defense, una organización señalada repetidamente de difundir desinformación sobre las vacunas.
Y aquí empieza el problema.
Porque una cosa es sentar a una celebridad para hablar de política, de su vida o de su desconfianza hacia las grandes empresas. Todo eso puede ser interesante. Pero otra cosa muy distinta es sentarlo durante horas a hablar sobre vacunas.
Y lo más grave es que RFK podía lanzar sus teorías conspiranoicas sin temor alguno, porque tenía delante a un Joe Rogan que no ejercía la presión crítica que un asunto tan delicado requería.
En esa entrevista, RFK Jr. no se limitó a lanzar dudas vagas. Dijo cosas concretas. Por ejemplo, repitió la idea de que las vacunas no pasan verdaderos ensayos de seguridad con placebo salino antes de aprobarse.
El truco está en aprovechar un matiz técnico para sembrar una sospecha enorme. Que no todos los ensayos usen el tipo de placebo que RFK exige no significa que las vacunas no se prueben. Pero dicho así, ante una audiencia de millones, lo que queda flotando es otra cosa: “igual las vacunas no están bien estudiadas”.
También habló de la vacuna contra la hepatitis B en recién nacidos, presentándola como algo absurdo. Su razonamiento era el siguiente: si la hepatitis B se transmite a través de relaciones sexuales o agujas, ¿por qué vacunar a un bebé de pocas horas? El argumento suena bien, pero omite una parte crucial: los bebés pueden infectarse por transmisión madre-hijo, y la vacunación neonatal protege precisamente contra ese riesgo temprano.
Y de nuevo: no estamos hablando de un tipo que habla de ovnis y civilizaciones extraterrestres. Estamos hablando de un tema donde malas decisiones pueden tener consecuencias reales sobre la salud de mucha gente.
No digo que Rogan no debiera invitarlo a su programa (aunque yo no lo hubiera hecho). Tampoco digo que le censure. Pero sí tendría que haber fiscalizado mucho más sus afirmaciones. Podría haberle pedido estudios concretos, contextualizado los riesgos o haber traído a un científico serio para que hiciese ese trabajo.
Pero el formato Rogan funciona de otra manera. Es conversación larga, cómoda e informal. Y eso, que es parte de su encanto, también es parte del problema.
Porque Rogan no necesita decir que RFK Jr. tiene razón para legitimar sus tesis. Basta con sentarlo durante horas, escucharlo con interés, no exigirle pruebas suficientes y dejar que sus sospechas parezcan una posibilidad razonable.
Esa es la forma en la que comunicadores como Rogan pueden legitimar barbaridades como las que dice RFK Jr.
No consiste en decir: “cree esto”.
Consiste en dejar al oyente pensando: “no sé si será verdad, pero desde luego aquí hay algo raro”.
Y cuando hay temas de salud pública de por medio, esa diferencia importa.
Ese fue el motivo por el que Peter Hotez, experto en vacunas, saltó. Hotez acusó a Rogan de que su entrevista estaba difundiendo desinformación sobre vacunas ante millones de personas.
¿Y qué crees que hizo Joe?
Rogan, en lugar de corregir las afirmaciones infundadas de RFK Jr., convirtió la situación en un reto público.
El giro: “ven a debatir”
Ofreció 100.000 dólares a la organización benéfica que eligiera Hotez si aceptaba debatir con RFK Jr. en su programa, sin límite de tiempo.
La propuesta tenía todos los ingredientes para funcionar: un científico, un disidente, un podcast gigantesco y una recompensa. Pero Hotez rechazó la propuesta. Y entonces apareció la sospecha: si Hotez tenía razón, ¿por qué no iba al debate?
A primera vista, la propuesta de Rogan parecía noble. Una charla sin límite de tiempo entre dos personas con ideas contrapuestas. Sobre el papel, suena bien: escuchamos a los dos y que cada cual juzgue.
Pero ese planteamiento es tramposo.
Lo que hizo Joe con ese desafío fue cambiar el marco de la situación. El debate dejó de ir sobre qué dice la evidencia sobre las vacunas a ir sobre: por qué un experto en vacunas no se atreve a debatir con RFK.
Y ahí entramos de lleno en la pornografía de la duda. RFK no necesitaba demostrar que tenía razón. Bastaba con que pareciera que había una controversia real. Bastaba con que el experto pareciera incómodo y sin cartas en la mano.
Después del reto, Elon Musk y otros personajes mediáticos se sumaron a la presión pública. Hotez llegó a decir que activistas antivacunas se presentaron frente a su casa para increparle y exigirle que fuera al debate.
El error de Rogan es pensar que la ciencia se resuelve como las peleas de gallos. Pero no, no es así. Los debates públicos son un espectáculo, no son el método más adecuado para aclarar asuntos científicos. A veces ese formato puede funcionar. Sobre todo cuando el experto acompaña sus conocimientos con capacidad de oratoria y hay unas reglas claras de juego limpio. Pero incluso en esas circunstancias, tiene un problema: crea una falsa simetría entre una posición respaldada por mucha evidencia y otra que carece de pruebas.
El caso Hotez es útil para entender que los promotores de la pornografía de la duda no necesitan pruebas. Solo necesitan crear la sensación de que hay cuestiones sobre las que los expertos no quieren debatir.
Y eso nos lleva al punto central del episodio de hoy: no toda duda es pensamiento crítico. Hay una duda que busca entender y otra que solo quiere mantener viva la sospecha.lásicos, se vuelven más sabias e inteligentes. Obviamente uno puede aprender mucho de la literatura, pero de ahí a hacerte más inteligente, hay un trecho. Es cierto que existen estudios que han observado que los lectores más ávidos tienen mayor inteligencia verbal, pero la relación causal no está nada clara: no sabemos si eso lo provoca la lectura, o si las personas que de base son más hábiles con las palabras leen más porque les resulta más placentero.

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Qué es la pornografía de la duda
Dudar no es malo. Sin duda no hay ciencia, ni filosofía, ni pensamiento crítico.
En mi Curso Avanzado de Pensamiento Crítico hablo precisamente de esto cuando explico la mentalidad necesaria para ser un buen pensador crítico. El escepticismo es indispensable, pero mal llevado puede convertirse en un problema. Dudar de si la Tierra es esférica es perder el tiempo en cuestiones que están más allá de toda duda razonable.
Porque dudar de todo es tan estéril como creerlo todo. El crédulo se engaña porque acepta sin preguntar; el escéptico radical se engaña porque niega cualquier posibilidad de conocimiento. El pensador crítico hace otra cosa: duda con criterio, investiga y acepta de forma provisional las mejores explicaciones disponibles.
Y aquí aparece el problema que nos interesa hoy: la duda que no busca comprender.
El adicto a la pornografía de la duda no quiere comparar hipótesis y aceptar que algunas explicaciones son mucho más probables que otras. Quiere seguir flotando en ese estado mental en el que todo parece turbio y manipulado.
En la pornografía de la duda, esta no funciona como una herramienta para conocer, sino como un estímulo intenso y fácil que te hace sentir bien.
Y aquí aparece otro problema adicional: la sospecha es barata; la explicación es cara.
Sospechar es lo fácil. Basta con encontrar un detalle que no encaja, una casualidad sospechosa o una decisión institucional torpe. Cuando Rogan hace preguntas sin mojarse, puede refugiarse en que “solo son preguntas”. Pero las preguntas no son inocuas.
Dar una explicación seria tiene un coste mucho más alto. Exige buscar evidencias, jerarquizarlas, comparar hipótesis y aceptar que muchas veces la explicación más aburrida es también la más probable.
RFK no necesitó demostrar que las vacunas son peligrosas. Le bastó con crear una atmósfera de duda: quizá no se han estudiado bien, quizá hay algo que no nos están contando.
Por eso la pornografía de la duda es tan peligrosa para el pensamiento crítico. Se disfraza de escepticismo, pero no reparte el escepticismo de forma justa. Es durísima con el consenso científico y benevolente con las alternativas especulativas.

Las instituciones también fallan
Hay una objeción justa a todo lo anterior: las instituciones fallan. No hace falta ser conspiranoico para saberlo. Gobiernos, medios, empresas e instituciones científicas han mentido o se han equivocado muchas veces.
Por eso no me interesa hacer una defensa ingenua del establishment. La conclusión de este capítulo no es “confía siempre en los expertos”. Esa es una mala filosofía y una pésima forma de entender la ciencia.
Parte del pensamiento crítico consiste precisamente en desconfiar: preguntar quién tiene incentivos, qué datos faltan y qué se está dando por supuesto. Sin ese escepticismo no hay pensamiento crítico.
Pero aquí está la falsa dicotomía. Que las instituciones fallen y tengan sus propios intereses no convierte al anti-establishment en fiable.
Una farmacéutica puede intentar vender cientos de millones de vacunas y RFK Jr. puede estar diciendo barbaridades al mismo tiempo. Que existan incentivos perversos en la industria no demuestra que una acusación concreta sea cierta.
Ese es el salto tramposo: pasar de “la versión oficial tiene problemas” a “entonces la versión alternativa merece mi confianza”. No.
Si alguien dice que las vacunas son peligrosas o que los expertos esconden algo, tiene que presentar buena evidencia y resistir objeciones serias. La sospecha puede abrir una investigación, pero no sustituirla.
La ética del creador
Rogan me interesa porque es un personaje con una influencia enorme y porque su influencia no siempre es directa ni obvia, sino que muchas veces descansa en las dudas que deja en el aire. Pero la responsabilidad no es solo de Joe Rogan, sino de todos los que tenemos un altavoz.
Cuando comunicas ante una audiencia, no solo transmites información. Decides a quién prestas atención, qué voces presentas como interesantes y qué sospechas dejas abiertas.
Por eso la responsabilidad de un creador no se limita a decir la verdad. También importa qué dudas siembras. En un mundo ideal, nuestros oyentes serían pensadores críticos afilados, con tiempo y ganas de contrastar evidencias. Pero ese mundo no existe.
Y aquí Rogan falla. O no parece plenamente consciente de esa responsabilidad, o actúa como si no le correspondiera.
En la entrevista con RFK, por ejemplo, sobrevoló una vieja sospecha del mundo antivacunas, ya desacreditada una y otra vez: la posible relación entre vacunas y autismo. Aunque RFK o Rogan no digan explícitamente que esa relación está demostrada, basta con hablar de ella durante un buen rato como si fuera una posibilidad razonable para sembrar la duda. No deberíamos infravalorar el poder de la exposición continuada a una idea y cómo esta va calando en la mente de la gente.
Por eso, cuando se trata un asunto delicado y complejo como el de las vacunas, hace falta presentarlo con rigor, preparación y exigencia hacia el entrevistado.
Aquí la regla de oro que yo aplicaría es: a mayor audiencia e impacto del tema en la sociedad, mayor cuestionamiento crítico.
Si hablas con tres amigos en una cena, puedes permitirte especular y decir alguna tontería. Si tienes una audiencia de millones, tus tonterías ya no son solo tuyas. Cambian la forma en que mucha gente interpreta el mundo.
Cierre: dudar mejor
Al final, todo esto nos devuelve al punto de partida.
Sam Harris llamó a esto la pornografía de la duda, y la expresión funciona porque señala una perversión del escepticismo: la duda que no busca conocer, sino excitarse con la sospecha.
El objetivo no es confiar a ciegas en expertos, medios o instituciones. Tampoco prohibir conversaciones incómodas. El objetivo es dudar con proporción.
Si una institución afirma algo, habrá que mirar qué evidencia tiene. Si un disidente la contradice, también. Y si ese disidente hace afirmaciones extraordinarias, sus pruebas deberían ser extraordinarias.
Pensar críticamente no consiste en desconfiar siempre de la versión oficial. Consiste en repartir la desconfianza con criterio.
Conviene recordar algo más: las ideas falsas no siempre entran en nuestra cabeza como dogmas. A veces entran como dudas seductoras que van calando sin que nos demos cuenta.
En definitiva, podemos usar la duda como una herramienta para mirar mejor la realidad, o como una droga suave que nos hace sentir bien en nuestra ignorancia.
La primera opción es pensamiento crítico.
La segunda es pornografía de la duda.
Si quieres aprender a pensar críticamente, apúntate a mi Curso Avanzado de Pensamiento Crítico.
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