El choque Peterson-Newman
Es enero de 2018. Nos encontramos en el plató de la cadena británica Channel 4. Las cámaras enfocan a dos personas que están a punto de protagonizar uno de los choques televisivos más analizados de la última década, con decenas de millones de reproducciones en YouTube.
A un lado de la mesa se encuentra Cathy Newman, una periodista veterana del Channel 4. Al otro lado, el polémico Jordan Peterson, un psicólogo clínico y profesor canadiense que en ese momento estaba haciéndose muy popular.
El formato del debate era breve y directo. Se tratan varios temas, pero el principal es la brecha salarial entre hombres y mujeres.
Empieza la entrevista. Y asistimos, en riguroso directo, a una situación incómoda y extraña. Ojo, es cierto que apretar al invitado haciendo de “abogado del diablo” es una técnica periodística muy común en la televisión británica, pero lo que pasó allí fue exagerado.
Newman ataca a Peterson con un dato simple y directo: “Las mujeres cobran un 9% menos que los hombres en Reino Unido.”.
Peterson, aparentemente tranquilo, pone sobre la mesa su propio arsenal de datos. Explica que la brecha salarial no se puede explicar solo con el género. Argumenta que la diferencia de sueldos también se debe a la edad, a la elección de la carrera, a las horas trabajadas y a diferencias de personalidad a la hora de negociar.
Y ante esas explicaciones, ¿qué hace Cathy Newman? Pronuncia una frase que repetiría más de 20 veces en apenas media hora: “Entonces, lo que estás diciendo es…”.
Por ejemplo, Peterson dice: “Los hombres ocupan los trabajos más peligrosos”. Haciendo alusión a que suelen ser trabajos mejor pagados y que eso explicaría parte de la brecha. A lo que Newman responde: “Entonces, lo que estás diciendo es que las mujeres no son lo bastante fuertes”. Peterson responde: “No, no he dicho eso en absoluto”.
Tras media hora de entrevista incómoda y trabada. Newman sale de la entrevista visiblemente frustrada, convencida de que Peterson es un misógino que justifica la opresión. Por su parte, Peterson sale convencido de que Newman es una ideóloga ciega incapaz de comprender estadísticas básicas.
¿Os suena esta escena? ¿Cuántas veces habéis intentado explicar un matiz con datos a alguien en X, en el trabajo o en una cena, y os han respondido: “Ah, entonces lo que defiendes es… cualquier barbaridad?
Creemos que discutimos sobre hechos. Creemos que si al otro le enseñamos el gráfico adecuado o le damos los mejores argumentos… verá la luz. Pero no lo hace. Y nos frustra. Pensamos: “¡Pero si es evidente! ¿Es tonto o es mala persona?”.
Hoy, en Polymatas, vamos a explicar por qué ni Newman era tonta, ni Peterson hablaba en otro idioma. Vamos a explicar, con la ciencia en la mano, por qué discutimos. Vamos a adentrarnos en la genética de la conducta, en la psicología moral y en por qué intentar convencer a alguien con datos es, muy a menudo, una absoluta pérdida de tiempo.
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El instinto manda
Para entender lo qué pasó entre Peterson y Newman, necesitamos que desterrar una de las ideas más erróneas de la Ilustración: la creencia de que somos seres puramente racionales que evaluamos la evidencia y, a partir de ella, formamos nuestras opiniones.
La ciencia actual sugiere que esta imagen es demasiado simple.
El psicólogo Jonathan Haidt tiene una metáfora muy práctica para explicar cómo funciona nuestro cerebro moral: el Elefante y el Jinete. El Elefante es nuestra intuición: rápida, automática, visceral y emocional. El Jinete es nuestro razonamiento consciente: lento, deliberativo y lógico.

Intuitivamente solemos pensar que el Jinete guía al Elefante. Pero Haidt argumenta, apoyado en muchísima evidencia, que es al contrario. Al menos cuando estamos ante cuestiones de índole moral o política como la desigualdad entre sexos, el Elefante toma una decisión en milisegundos. Siente compasión, asco, indignación o lealtad de forma instantánea. ¿Y qué hace el Jinete? El Jinete, nuestra parte lógica, no actúa como un científico más bien lo hace como un abogado a sueldo. Su trabajo es inventarse una buena justificación racional para defender la decisión que el Elefante ya ha tomado.
Pero, ¿por qué Cathy Newman transformaba literalmente las palabras de Peterson en cosas que él no había dicho? Puedes pensar que era pura manipulación, pero yo creo que eso no lo explica todo.
Aquí entran en juego los Marcos Conceptuales o Frames, popularizados por el lingüista cognitivo George Lakoff. Lakoff aportó mucha evidencia de que el cerebro humano no puede procesar datos en el vacío. La información recibida tiene que encajar de algún modo en un marco mental previo.
El marco mental de Cathy Newman era que vivimos en un patriarcado. Es decir el marco del “Opresor contra Oprimido”. En su cabeza, si hay una diferencia de resultados entre dos grupos, la única explicación posible es que hay una injusticia del sistema. Y cuando Peterson le daba un dato (como por ejemplo, que la edad o la elección de carrera influyen en el sueldo), ese dato no encajaba en el esquema de Newman.
Y aquí viene una regla fundamental de cómo funciona nuestro cerebro: Si un dato contradice tu esquema mental… tu cerebro tiende a descartar el dato. Lo ignora, lo retuerce o lo ataca. Por eso ella traducía instintivamente el dato a su esquema: Entonces, ¿estás diciendo que las mujeres no son lo bastante inteligentes?. Era la única forma en la que su cerebro podía procesar esa información.
Pensadlo. Cuando leéis una noticia que va en contra de lo que creéis, ¿qué hacéis? Buscáis inmediatamente el fallo del estudio o decís que el medio está comprado. Cuando la noticia confirma lo que ya pensabais, sonreís y afirmáis con la cabeza. Vamos, es el sesgo de confirmación de toda la vida, llevado al extremo.
Ideología y ADN
Vale, pero demos un paso atrás… ¿por qué tenemos esquemas mentales tan distintos?
Durante mucho tiempo, se pensó que nuestras ideas políticas y morales eran puro producto del entorno: de lo que nos enseñaron nuestros padres o la escuela. Sin embargo, los estudios con gemelos nos han hecho matizar bastante esta idea.
Si miramos la literatura científica, sobre todo décadas de estudios poblacionales con gemelos, los resultados son muy consistentes. El consenso actual estima que alrededor del 40% de la variabilidad de nuestras inclinaciones políticas y morales tiene una base genética.
Evidentemente, no heredas un carnet de partido político. Lo que heredas es una configuración de tu sistema nervioso. Heredas un nivel de tolerancia a la incertidumbre, una sensibilidad mayor o menor a las amenazas, y una reacción física distinta cuando alguien se salta las normas.
Normalmente, si puntúas muy alto en el rasgo de “Apertura a la experiencia” (que en gran medida es heredado), es más probable que tus valores tiren hacia el progresismo. Por contra, si puntúas alto en el rasgo de “Responsabilidad” (es decir, necesitas orden, estructura y reglas claras), es más probable que tires hacia el conservadurismo. (ver estudio)
Y aquí quiero explicar algo que se suele pasar por alto. Tus genes y tu entorno interactúan. Si naces con una alta “Apertura”, buscarás de forma natural entornos progresistas, leerás ciertos libros y te juntarás con gente que refuerce tu visión. Tu biología te empuja a crear una burbuja que consolida tus sesgos previos.
Dicho esto, la psicología evolucionista nos plantea una hipótesis interesante sobre el origen de estas diferencias. Imagina una tribu del Pleistoceno. Si todos tuvieran una gran “Apertura a la experiencia”, la tribu habría confiado en cualquier extranjero y habría acabado masacrada. Necesitaban también a miembros conservadores, desconfiados y defensores del orden, para no extinguirse. Pero si todos fueran conservadores, la tribu nunca habría salido de su territorio para explorar. Es decir, necesitamos a progresistas y conservadores porque sus personalidades son complementarias y eso nos hace más adaptativos como sociedad.

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La trampa de la lógica
Escuchando todo esto, es fácil pensar: “Vale, si la genética pesa tanto y el cerebro se inventa las excusas a posteriori, debatir con datos no sirve para nada”. Pero cuidado, no nos vayamos al extremo. A veces, simplemente, alguien tiene los datos mal o sus razonamientos son erróneos. La realidad existe y los hechos importan.
El problema es asumir que, porque alguien tiene soltura con los datos y razones, está siendo 100% racional. Pensadlo un momento. Si al principio del podcast os ha parecido que Peterson era la razón pura y Newman era la emoción… os habéis autoengañado un poco. Es normal, la escena invita a pensarlo. Pero es falso. En esa entrevista no vimos a la Lógica enfrentándose a la Emoción. Vimos a dos personas defendiendo valores morales intocables para cada uno de ellos.
En el debate sobre la brecha salarial, Peterson tiene razón cuando dice que hay que estudiar todos los datos, no solo el género. Pero tiene su propio punto ciego. Peterson piensa desde un esquema donde lo más importante es el mérito y la responsabilidad individual. Por eso, cuando los datos muestran que muchas madres deciden trabajar menos horas para cuidar de sus hijos, su esquema le dice: “Esto es una elección libre, caso cerrado”.
Y ahí es donde yo creo que se equivoca. Ese esquema le impide preguntarse si esa elección es totalmente libre o está empujada por las normas y tradiciones sociales. Y, aún más importante, pasa por alto que incluso si comparamos a un hombre y a una mujer en el mismo sector, con la misma experiencia y trabajando exactamente las mismas horas, sigue quedando un “remanente no explicado”. Un pequeño porcentaje de desigualdad salarial que podría explicarse (al menos en parte) porque ser madre te penaliza en el mercado laboral de una forma que no afecta a los padres.
Ahora bien, el peligro de obsesionarnos con esto de los marcos mentales es doble. Por un lado, confundir el “esto suele ser así” con el “esto está bien que sea así”. Por otro lado, caer en el relativismo absoluto y decir: “bueno, tu verdad es tuya y la mía es mía porque tenemos cerebros distintos”. No. Que tengamos biologías diferentes no es una excusa para ignorar los datos objetivos.
Os cuento todo esto para que conozcáis mejor las trampas de nuestra mente. Y que, a partir de ahí, todos intentemos dar un paso hacia la razón, por muy complicado que sea. El primer avance que podéis hacer para lograrlo es aprender a diferenciar cuándo estamos discutiendo sobre hechos concretos y cuándo estamos discutiendo sobre valores morales.
Cómo dejar de perder el tiempo
Y dicho esto: ¿Qué más puedes aprender de esta historia? Cuando me vuelva a enredar en una discusión que no va a ninguna parte, ¿qué puedo hacer distinto?
Si quieres mejorar la calidad de tus debates, te propongo dos herramientas que usan los pensadores críticos:
Primera herramienta: El test del Doble Crux. ¿Para qué sirve? Para destapar la verdadera raíz de un desacuerdo y saber si estáis discutiendo sobre hechos objetivos o sobre creencias o valores. Es decir, sirve exactamente para lo que te mencionaba antes. ¿Cómo se utiliza? Cuando veas que la conversación entra en bucle y os empezáis a tirar los mismos datos a la cabeza una y otra vez, haz una pausa y plantea un escenario hipotético: “¿Qué dato empírico exacto, de demostrarse 100% cierto, te haría cambiar de postura?“
Vamos a aplicarlo al debate. Imagina que alguien hubiera parado la entrevista y le hubiera preguntado a Peterson: “Jordan, imagina un estudio riguroso que demuestra que las decisiones laborales de las mujeres están condicionadas por la sociedad desde que nacen. En ese caso, ¿apoyarías que el gobierno interviniera el mercado laboral para corregirlo?”.
Aquí hay dos salidas. Si Jordan responde: “Bueno, si la evidencia muy sólida, me plantearía apoyar ciertas medidas”. En ese caso, Peterson demostraría no estar completamente apegado a sus valores meritocráticos. Pero si Jordan responde: “Me da igual el estudio, el Estado no debe intervenir el mercado”. En ese caso, habríamos chocado con un valor intocable para el psicólogo clínico. No merece la pena seguir debatiendo.
Esta simple herramienta ahorra horas de diálogo de sordos, porque ayuda a darte cuenta cuando se ha dejado de discutir sobre datos y razones y lo que está en juego realmente son los valores más profundos de la persona.
Segunda herramienta: Separar los hechos de los juicios morales. El filósofo David Hume decía que no puedes sacar una conclusión moral simplemente a partir de un puñado de datos. Cualquier debate se divide principalmente en tres partes: los datos, las causas y los valores.
Y cuando se trata de temas ideológicos, los valores son los que mandan. Retuercen la lógica y manipulan los datos. Si no está clara la causa de un problema, tu instinto elegirá automáticamente la explicación que mejor encaje con tus valores, y te hará creer que el otro es, sencillamente, irracional.
Una forma de enfrentarte a esa tendencia tan humana es separar los hechos de los valores. Si estás metido en una discusión, primero acordad los hechos. Por ejemplo, ¿estáis de acuerdo en que hay una diferencia salarial entre hombres y mujeres de un 9%? Si la respuesta es sí, id a las causas (¿por qué ocurre esto?). Aquí es más difícil ponerse de acuerdo, pero si lo lográis y seguís con diferencia de postura, la diferencia es de valores. Ponedla encima de la mesa. Haced explícitos esos valores. Uno prefiere intervenir el mercado para buscar la igualdad, y el otro prefiere no hacer nada para proteger la libertad individual. Ya no le dices al otro “¡lo que cuentas no tiene sentido!”, le dices “tenemos valores diferentes”.
Conclusiones
Volvamos al plató de Channel 4. La entrevista ha terminado. Ahora sabemos que no estábamos viendo a un iluminado frente a una ignorante, ni al revés. Estábamos viendo a dos personas con cerebros programados con reglas morales completamente distintas.
Newman prioriza el cuidado de los demás y la igualdad; no puede soportar la idea de que exista un grupo que considera oprimido. Peterson prioriza la proporcionalidad y el orden; no puede soportar que se rompa la meritocracia, lo que según él sería desastroso para la sociedad.
El choque que vimos se fundamentaba en creencias vitales completamente diferentes.
En geometría hay una regla básica: dos líneas paralelas nunca se tocan. Es algo que no se puede demostrar que se da por cierto. A esto le llamamos axioma. Los axiomas son los cimientos sobre lo que se construye todo lo demás. Pues bien, nuestros valores más profundos funcionan exactamente igual. No puedes usar una estadística para “demostrar” que el sufrimiento humano es malo, o que la libertad es buena. Es algo que asumes o no.
Una habilidad que te ayudará mucho en tus debates (o cuando veas los de otros) es aprender a ver dónde terminan los hechos objetivos y dónde empiezan los valores morales.
La próxima vez que alguien defienda algo que te parezca una locura, o retuerza tus palabras con un “Entonces, lo que estás diciendo es…”, pregúntate: ¿Qué amenaza invisible está viendo él que yo no veo? Quizá, si entiendes sus miedos, puedas empezar a tener una conversación de verdad.
Y una última cosa antes de despedirnos: si este episodio os ha hecho pensar y queréis llevar esta forma de ver el mundo al siguiente nivel, conocer y dirigir mejor a vuestro propio Elefante, os invito a echarle un vistazo a mi Curso Avanzado de Pensamiento Crítico. Ya hay lista de espera para la segunda edición. Si te interesa, apúntate a la lista.
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