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El libre albedrío NO existe; esto es lo que pasa cuando te lo tomas en serio

Filosofía, Mente y cerebro · 12/04/2025

Probablemente el asunto filosófico que más nos atañe es el del libre albedrío. Esto es así por las implicaciones prácticas que tiene creer en la libertad y la responsabilidad o, por el contrario, no creer en ellas.

El mérito y la culpa son constructos humanos creados alrededor de la creencia cuasi religiosa de que tenemos libertad real para decidir nuestros actos. Algo que me gustaría decir desde ya que la ciencia no apoya.

Bajo mi punto de vista el libre albedrío es una ilusión. Somos actores que presenciamos una larguísima película protagonizada por nosotros, sin posibilidad real de cambiarla. Nuestra consciencia percibe el entorno exterior y la vida interior pero no tiene una capacidad real de cambiarla. Pese a todo, la ilusión de libertad es tan persistente que incluso los negacionistas del libre albedrío vivimos inmersos en ella.

Esta postura filosófica que cree que todo está predeterminado y niega el libre albedrío se llama determinista incompatibilista. Desarrollé en profundidad esta y el compatibilismo en el capítulo La paradoja del libre albedrío.

Y en este episodio vamos a explorar a fondo las consecuencias de asumir que no hay libre albedrío. Son consecuencias enormes… Veremos cómo puede cambiar nuestra forma de entender la política, la justicia, la culpa, la desigualdad y también el mérito.

También lo puedes escuchar en Spotify, iVoox y Apple.

Siempre hay una causa, pero no eres tú

Cuando tienes hambre y decides comer una manzana en vez de una bolsa de Conguitos, esa decisión ya estaba contenida en sucesos anteriores que se escapaban a tu control. Escuchar el podcast de nutrición que un amigo de la infancia te había recomendado. Conociste a ese amigo porque iba a una clase que te asignaron por azar y te acercaste a él porque tenía unos rasgos similares a los tuyos que te resultaban atractivos. Tú no elegiste tus rasgos ni tampoco lo que te atrae de una amistad. Tampoco habrías escuchado ese podcast si no estuvieses preocupado por tu sobrepeso. Y ese sobrepeso, ¿de dónde venía? Pues era provocado por una mezcla de factores: tus genes, quizás una mala educación nutricional de niño, y también por vivir en una ciudad donde es más fácil encontrar ultraprocesados que comida real. Por supuesto, esa decisión también vino influenciada por miles de microfactores que ni notamos. Por ejemplo: quizás ese día no habías trabajado y estabas más relajado. O estabas de buen humor. O, simplemente, las manzanas estaban a la vista en la cocina. Y así, un larguísimo etcétera..

Quizás pienses que en último término eres tú el que decide comer esa manzana. Que hay un proceso deliberativo. Quizás pienses que pese a la existencia de docenas de factores en contra, en último término tu voluntad y capacidad de actuar con virtud superaron las ganas de dulce. Y aunque puede ser cierto, tu voluntad y tu capacidad de actuar con virtud siguen siendo una consecuencia de factores que escapan a tu control.

La fuente del control

¿De dónde procede el autocontrol?

El autocontrol procede principalmente de la corteza prefrontal, una fina capa del cerebro que evolucionó en los humanos hace relativamente poco tiempo. Esta película de neuronas hace que seamos animales deliberativos. ¿Hiciste algo para tenerla? Ni mucho menos; podrías ser una mosca de la fruta en vez de un humano. Para empezar, no todas las personas tenemos la misma corteza prefrontal. ¿De qué depende? Quiénes son tus padres es importante. Heredas los genes encargados de dar forma a tu cerebro y a tu corteza prefrontal. Lo que sucede cuando estás en el útero de tu madre también es determinante. ¿Tu madre era alcohólica? ¿Tenía depresión? ¿Estrés crónico? Cada una de esas circunstancias irá moldeando tu capacidad futura para tener más o menos autocontrol.

Estarás conmigo en que tampoco tienes mucha libertad en tu infancia. ¿Naciste en un pequeño poblado keniata sin luz ni agua corriente? ¿Tus padres nunca habían leído un libro? ¿Tu padre murió cuando eras pequeño y tu madre nunca estaba en casa? La corteza prefrontal madura muy lento en los seres humanos, no termina de desarrollarse hasta los 25 años, más o menos. Todo lo que ocurra durante ese tiempo será determinante en tu capacidad para elegir entre la manzana y los Conguitos.

Por lo tanto, la parte del cerebro encargada de tu autocontrol depende de tu genética, de tu entorno fetal, de tu infancia y adolescencia… épocas de tu vida en las que tu libertad es prácticamente nula. De hecho, un menor de 14 años no puede ser condenado en España porque no se le considera responsable de sus actos. Por supuesto que la corteza es una región plástica del cerebro y sigue cambiando durante toda la vida, pero no podemos obviar la importancia de los primeros años de desarrollo.

¿Aún hay cierto margen de libertad?

Aún así, dirán algunos, hay cierto margen de acción y de libertad. No todas las personas con malos genes y malas infancias carecen de autocontrol. Siempre puedes hacer algo para cambiarlo. Esto es algo que no dejo de escuchar y merece la pena que lo analicemos en serio por las consecuencias nefastas que conlleva este modo de pensar.

Veamos, el que se propone plantar cara a sus instintos y hacer cambios en su vida para mejor, ¿de dónde saca esa idea? Pensemos en la cantidad de gente en este planeta que nunca ha oído hablar de “crecimiento personal”. Para muchas personas, ese mantra de “ser la mejor versión de uno mismo” les suena totalmente a chino. Muchas personas nunca han leído un libro de autoayuda ni han tenido referentes que hablen de esos temas. Lo que quiero decir es que para desear y buscar algo, necesitas primero tener a alguien que te inspire (un libro, un mentor…). Uno no se levanta una mañana y decide ser la mejor versión de sí mismo. Eso sucede en un entorno social y cultural que promueve esos valores. Como por ejemplo, el de las clases medias y altas de países occidentales.

Y este es solo un ejemplo. Podría darte muchos más. Todos apuntan a que el cambio no nace solo de un ‘yo’ interior que decide de repente. Normalmente, ese deseo de cambiar viene provocado por influencias o acciones anteriores que, al final, escapan a nuestro control.

Cada acción viene precedida de unas causas que a su vez vienen precedidas de otras causas y así, hasta el infinito. Si vas lo suficientemente hacia atrás, llegarás al inicio del universo. Y si te tomas en serio las leyes de la física, la conclusión parece clara. Para mí, es incontestable: no somos tan diferentes a una bola de billar.. Una vez que la bola de billar es golpeada, no hay nada que ella pueda hacer para desviar su trayectoria. ¿Somos bolas de billar con consciencia? Eso es lo que yo creo.

Bajo mi punto de vista no es la libertad lo que nos diferencia de la bola de billar, sino la consciencia. La capacidad de sentir y percibir. Y cómo no, la ilusión de que somos libres. Quizás somos los únicos seres sobre la Tierra que tenemos esa ilusión.

Basamos nuestros valores morales y nuestros sistemas jurídicos en una ilusión. Esto es algo que no deja de sorprenderme.

¿De dónde procede la ilusión del libre albedrío?

Pero, ¿de dónde viene esta idea del libre albedrío tan persistente en tantas culturas?

Algunos dirán que viene de Platón y Aristóteles. Aristóteles pensaba que actuar con libertad era actuar usando la razón (que también tiene su centro neurálgico en la corteza prefrontal). Ya sabes que los primeros filósofos griegos veneraban la razón. Si te dejabas guiar por tus impulsos primarios no eras una persona virtuosa, eras un animal. Vamos, que no eras libre. Solo el que reflexionaba sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal y actuaba en consecuencia podía considerarse una persona virtuosa y libre.

Más tarde el cristianismo, principalmente con San Agustín, llevó las ideas de Platón a su terreno, argumentando que el ser humano debe ser libre para poder ser responsable de sus actos ante Dios. Si vamos a ser juzgados por nuestras acciones, debemos tener la capacidad de elegir entre el bien y el mal. Según San Agustín, Dios nos otorgó esta libertad.

Ya durante la Ilustración, se retomaron las ideas laicistas clásicas y Kant postuló que la autonomía era la base de la dignidad humana. Ser libre y racional era una característica esencialmente humana.

Como ves, todos los sabios que nos han precedido daban a la razón un lugar central porque la razón te permite ser libre, o eso pensaban ellos.

¿Pero qué pensaban los genios fuera de Occidente?

Las culturas orientales e islámicas coinciden con que el ser humano tiene agencia. Es decir, tiene cierta capacidad de elegir libremente. El budismo y el hinduismo creen en el Karma, esa idea de que los actos, sobre todo los intencionados, tienen consecuencias. Además, las consecuencias no solo vendrán en esta vida, sino también en la siguiente; ya que ambas religiones creen en la reencarnación.

El confucianismo y el taoísmo también creen en cierta libertad, aunque ponen más énfasis en la comunidad y en la armonía con la naturaleza que en el individuo. Esta es una característica común en las religiones orientales, en contraste con el énfasis en la libertad individual que predomina en Occidente.

Por lo tanto, vemos que es difícil, sino imposible, encontrar una cultura que niegue por completo la capacidad de las personas para actuar con libertad. Esto es interesante y me plantea la siguiente pregunta: ¿Por qué esto es así?

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La intuición de agencia y la necesidad de responsabilidad

Bien, los filósofos no se sacan de la manga sus ideas. Son personas analíticas y perceptivas que exploran sus intuiciones sobre cómo funcionan el mundo. Y la intuición de que podemos elegir es muy poderosa. Si te detienes unos segundos a pensar qué vas a hacer a continuación, es fácil que se te ocurra algo como: “voy a mover la cabeza a la izquierda en lugar de a la derecha, porque eso es lo que quiero hacer”. Luego lo haces, y eso refuerza la sensación de que eres libre. Por eso la idea del libre albedrío persiste: porque se siente profundamente intuitiva.

Esta intuición de que somos libres también nos lleva a suponer que los demás lo son. De ahí toda la filosofía y teología que se ha articulado alrededor del libre albedrío. Pero además, hay un segundo motivo poderoso: sentimos que hace falta libre albedrío para que haya responsabilidad. Y, sin responsabilidad, ¿cómo podríamos justificar el premio y el castigo? Y sin premio ni castigo, ¿cómo fomentar las acciones positivas y reducir las negativas? ¿Cómo podría una sociedad avanzar y sostenerse sin estas herramientas básicas?

Aquí me quiero detener un momento para mencionar algo relevante que menciona Joseph Henrich en su obra Las personas más raras del mundo. Aunque en Occidente la intención del perpetrador es fundamental para designar el castigo de un acto, eso no ocurre así en todas las sociedades. En ciertas culturas coger algo de otra persona “por error” está tan mal visto como un robo intencional. Además, el foco de la responsabilidad no está puesto en el individuo sino en el colectivo. Si alguien se comporta mal, la responsabilidad no se atribuye únicamente a la persona, sino también a su familia o a su clan. Y aunque esto nos suene extraño a los occidentales, no lo es para la mayoría de sociedades que han existido. Su moral, a menudo, ha sido más colectivista que individualista.

Los inuit y la culpa

El ejemplo más claro de una sociedad sin culpa individual al estilo occidental son los inuit tradicionales del Ártico. Para ellos, cuando alguien se comporta mal, no se le castiga por haber “elegido” el mal. Se entiende que su acción es el resultado de un desequilibrio en la red de relaciones sociales y espirituales. Lo importante no es tanto castigar, sino restaurar la armonía dentro del grupo.

El control social existe, pero no en forma de castigo moral. Se usan herramientas como el silencio, la burla o los duelos de canciones para corregir la conducta sin confrontación directa. Incluso ante un asesinato, se busca comprender y proteger al grupo, no vengarse.

¿Son un caso aislado? No. Pensemos en muchas sociedades tradicionales: los Acholi en África, los aborígenes australianos, los pueblos andinos… Todas comparten una lógica similar, más colectivista y restaurativa. Su foco principal es reparar el daño y mantener el equilibrio del grupo, no tanto castigar al individuo.

Lo interesante es que estas culturas nos muestran que es posible vivir sin asumir que las personas son fundamentalmente libres y responsables morales tal y como pensamos en Occidente. No es que carezcan de normas y consecuencias, pero la justicia no se basa en la idea del castigo retributivo (ojo por ojo).

Y qué hay de las grandes sociedades basadas en Estados centralizados, ¿alguien se plantea una sociedad sin premios y castigos individuales?

Hay alternativas al ojo por ojo

No conozco ningún caso en el que un Estado haya llevado algo así a la práctica.

Sin embargo, pensadores como Derk Pereboom, Gregg D. Caruso, Sam Harris y Robert Sapolsky han criticado desde la filosofía y la neurociencia que la justicia retributiva basada en el ojo por ojo no tiene legitimidad científica ni filosófica. Todos ellos sostienen que no hay libre albedrío y, por lo tanto, tampoco responsabilidad moral. Y por lo tanto, no es ni justo ni razonable castigar a alguien por haberse comportado de un modo determinado, ya que nada podía hacer para actuar de otro modo.

Esto lleva a preguntarse: si no castigamos a los que se portan mal y premiamos a los que se portan bien, ¿qué será de nosotros? Ninguno de estos pensadores propone abrir las cárceles y sumir al mundo en el caos. Son conscientes de que hay personas peligrosas y que deben ser puestas en cuarentena para que los demás estemos seguros. Sin embargo, su prioridad es proteger a la sociedad, no castigar a los malhechores y vengar a las víctimas. Una condena no debería ser un resarcimiento sino un modo de mantener el orden social.

Estos negacionistas del libre albedrío proponen invertir en la prevención, rehabilitación de los criminales, reparación de las víctimas y, en último término, el aislamiento compasivo de aquellos que son peligrosos para la sociedad. Estos pensadores defienden dos ideas importantes. Primero, que castigar severamente para disuadir no es ni justo ni eficaz. Y segundo, que la mayoría de delitos violentos son impulsivos, por lo que castigos más duros no logran reducirlos de forma significativa. En este sentido se han hecho bastantes estudios sobre el impacto de la pena de muerte y no parece que sirva como disuasión.

¿Y qué pasa con el mérito?

Hasta el momento he puesto en duda la legitimidad de la culpa y el castigo, pero, ¿qué hay del concepto de mérito? ¿Cómo se ve influido por la ausencia de libre albedrío? ¿Acaso el concepto de mérito no es útil para la sociedad?

Si no creemos en una auténtica libertad de acción, la consecuencia lógica es que el mérito es tan solo una invención de nuestra cultura que deriva de una intuición. Pero, ¿cómo encajar esto con la importancia que atribuimos al mérito en Occidente? Otorgar méritos proporciona estatus, y el estatus es un recurso muy valioso. Para un ciudadano occidental no hay mayor satisfacción que sentir que ha conseguido el éxito gracias a su esfuerzo y buen hacer. Mientras tanto, los que no creemos en el libre albedrío negamos que exista un mérito real. La lógica es: si no podrías haber actuado de otro modo, ¿qué mérito tiene lo que conseguiste? El negacionista del libre albedrío ve buena suerte donde otros ven mérito, y ve mala suerte donde otros ven culpa.

Dicho esto, puedes no creer en el mérito y seguir pensando que hace falta premiar y reconocer la valía de los que obran bien. Aunque esta paradoja es bastante incómoda, no te lo voy a negar.

El libre albedrío y la desigualdad

Si no crees en el libre albedrío, también veo difícil justificar muchas desigualdades. Si lo que tienes (dinero, fama, logros) lo has conseguido por pura suerte, ¿cómo justificar esa idea tan común de que el rico lo es porque se lo ha ganado y el pobre no ha hecho lo suficiente? Difícil. Por eso, aunque las ideas liberales me atraen mucho y pienso que son un motor de progreso, me cuesta abrazar sus posiciones más radicales.

Personalmente no creo que el mérito justifique moralmente las desigualdades porque el verdadero mérito no existe. Si no lo podrías haber hecho de otro modo, ¿dónde está el mérito? En todo caso pienso que permitir cierto nivel de desigualdad hace que una sociedad sea más próspera y que el modelo comunista nos hace a todos más pobres e infelices. Como decía John Rawls, las desigualdades solo son aceptables si benefician a los más desfavorecidos. Es decir, el capitalismo puede ser un sistema justo a pesar de provocar desigualdades, porque hace que los pobres vivan mejor que en sistemas alternativos como el comunismo.

Una solución para la paradoja del mérito

Entonces, nos encontramos ante una paradoja incómoda: el mérito no existe pero necesitamos incentivar a las personas por el bien de la sociedad. ¿Cuál es mi solución para la paradoja del mérito?

Creo que, para que una sociedad funcione debe incentivarse que las personas realicen acciones que favorezcan a los demás. También creo que hay que desincentivar que las personas hagan cosas negativas, y eso pasa por dejar claro que los malos comportamientos tienen consecuencias. Sin embargo, el enfoque no debe ser “te mereces esto por lo que has hecho”, sino:

  • “si haces esto, pasará esto”
  • “como eres un peligro para los demás, no te podemos dejar libre”
  • “debido a que perjudicaste a esta persona, se debe intentar reparar el daño”

Es una visión más compasiva, justa y coherente con la falta de libre albedrío. Las acciones tienen sus consecuencias. Pero sé que en lo más profundo no eres dueño de tus acciones. Por lo tanto, no voy a castigarte cruelmente para darte una lección, sino que voy a intentar que no lo vuelvas a hacer y voy a cambiar el entorno para que ese tipo de situaciones no se den a menudo.

Es decir, voy a poner el foco en la compasión y en la protección más que en el resarcimiento. Y voy a intentar crear las condiciones idóneas para que la gente actúe bien. Eso no es nada nuevo. Si vas a un país nórdico verás que las casas no tienen barrotes en las ventanas, porque no hacen falta. No porque los nórdicos sean buenos por naturaleza, sino porque han creado un entorno en el que delinquir no es necesario. Incluso aunque sus genes les predispongan a ciertos delitos (porque son más impulsivos o agresivos), su educación, su círculo de influencia, el nivel económico de sus padres y sus opciones profesionales les han hecho ir por el buen camino. Ese debe ser el camino, ¿no te parece?

Y por supuesto, hemos de entender que hay personas que son peligrosas para la sociedad y que no se pueden rehabilitar. En muchos casos por una mezcla de problemas mentales, infancias difíciles y malas influencias. A esas personas, por mucho que nos duela, hay que apartarlas de la sociedad.

Últimas reflexiones

Cuando me quedé sin argumentos para defender el libre albedrío, el modo en el que veía el mundo cambió por completo. Me volví una persona más compasiva y menos arrogante. Ahora sé que he tenido mucha suerte y que he de estar agradecido. También sé que el mendigo alcohólico de la esquina hizo lo que pudo con lo que tenía y le ayudaré si tengo oportunidad. Ya no ensalzo tanto a los grandes deportistas, empresarios o científicos, aunque sigo deleitándome con sus capacidades y logros. Ahora sé que no solo el intelecto y la belleza son un regalo, sino que también lo es la fuerza de voluntad, la resiliencia , la amabilidad y la capacidad de resistir las tentaciones. Tengo algunas de estas características pero no merezco ninguna. La suerte fue la que construyó mi cuerpo y mi mente y la que me condujo por el azaroso camino de la vida. Ante eso, solo puedo dar las gracias.

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Archivado en: Filosofía, Mente y cerebro Etiquetado con: culpa, determinismo, libre albedrío, mérito, responsabilidad moral

Val Muñoz de Bustillo

Interacciones con los lectores

Comentarios

  1. Enrique dice

    13/04/2025 en 09:46

    Hola Val! Quizás siempre exista un camino intermedio……….

    ¿Qué es el compatibilismo?
    El compatibilismo sostiene que el libre albedrío puede existir incluso en un universo completamente determinista.
    No se trata de una “libertad absoluta” (como poder actuar sin causa ni influencia), sino de una libertad práctica:
    La libertad de actuar según nuestros deseos, razones, intenciones… sin que alguien nos obligue desde fuera.

    Ejemplo sencillo
    Imagina que decides comer pizza en vez de ensalada.
    Según un determinista, esa decisión tiene causas previas: tu hambre, tus preferencias, tu infancia, tu estado de ánimo, etc.
    Pero si nadie te obligó, y actuaste según tus propios deseos y razonamientos, entonces fuiste libre en el sentido compatibilista.

    ¿Y qué pasa con la responsabilidad?
    Para el compatibilismo, ser responsable no significa actuar sin causas, sino actuar con base en quién eres:

    tus valores,

    tu carácter,

    tu capacidad de razonar.

    Por eso, educar, dialogar y reflexionar son tan importantes: ayudan a formar personas más libres dentro del marco de sus circunstancias.

    Filósofos compatibilistas
    David Hume (siglo XVIII): dijo que la libertad no es la ausencia de causa, sino la capacidad de actuar según lo que uno quiere.

    Daniel Dennett (actualidad): defiende que el libre albedrío es real en un sentido que importa, aunque estemos determinados.

    Harry Frankfurt: introdujo la idea de “segundo orden de deseos”: somos libres cuando queremos lo que queremos (ej. querer dejar de fumar y querer querer dejar de fumar).

    ¿Por qué es útil esta postura?
    Porque evita caer en el nihilismo (“nada importa”) y a la vez reconoce que somos el resultado de muchas cosas que no controlamos, lo cual permite más compasión y comprensión hacia uno mismo y los demás.

    Un saludo!!

    Responder
    • Val Muñoz de Bustillo dice

      13/04/2025 en 17:28

      Hola Enrique!

      Gracias por tu comentario.

      Conozco la postura compatibilista; hablé de ella en el podcast titulado “La paradoja del libre albedrío”. Lo que explicaba ahí es que la existencia de libre albedrío depende, en primer lugar, de la definición que se haga del término.

      Con las definiciones que tú haces de libre albedrío, por supuesto que existe. Si nadie te coacciona, eres libre. No digo que esa definición no sea útil, pero me parece que la que yo propongo en este capítulo es mejor porque incide en algo clave: no podríamos haber actuado de otro modo y por lo tanto no tiene sentido castigar al “culpable”. No es más que una víctima de las circunstancias.

      Saludos!

      Responder
  2. JMP dice

    14/04/2025 en 10:19

    Hola Val, esta es mi primera newsletter de polymatas…llegué a uno de tus podcasts por puro azar, que ahora se antoja “deterministado” por un sinfin de hechos pasados…
    Nada me parecería más triste en esta vida que pensar que no éxiste el libre albedrío, la responsabilidad de nuestros actos, la culpa y el mérito. No puedo estar más en contra de esta primera idea. Imagino que como casi siempre, todo depende en la definición que le demos a ese concepto del libre albedrio…Mi definicion parte de situar a dos personas en la escena y de analizar la escena desde el futuro de la accion, y no desde el presente, como un hecho determinado por su pasado. Si consideramos que es imposible que una de ellas pueda predecir con una alta pribabilidad de éxito los hechos/acciones del segundo…entonces este segundo actúa bajo el libre albedrío y el primero podrá responsabilizar o atribuir mérito. Cuanto mayor sea esa probabilidad de éxito, menor el libre albedrio y viceversa. La bola de billar y la fisica en general se basa en una alta probabilidad de prediccion del lugar en q acabara la bola…los conguitos y la manzana, la probabilidad es mucho menos baja, pero será mayor en tanto más gordo sea el sujeto…el mérito está en actuar en contra de esa probabilidad predeterminada…la responsabilidad también. Me tengo q ir y no puedo seguir desarrollando esta idea, pero creo que he decidido que No soy determinista incompatibilista…y podría conversar sobre este tama largo y tendido …Enhorabuena por este podacst y toda la ciencia y reflexion que compartes…inspirador y tiene mucho mérito!

    Responder
  3. Lola dice

    14/09/2025 en 13:23

    Molt bon anàlisi.

    Responder
  4. Sandra Rosero dice

    15/11/2025 en 17:48

    Buenos días Val,
    Muchas gracias por tu explicación tan clara y resumida de la idea de la inexistencia del libre albedrío.
    He estado leyendo e intentando terminar el libro de Sapolsky “Behave”, que es bastante denso. Allí él explica es muchísimo detalle su idea de que no somos en realidad libres. Empieza por nuestro momento presente. Se devuelve unos segundos atrás, luego años atrás, el embarazo de nuestras madres y así hasta explicar cómo todos esos factores influyen en las personas que somos ahora. Es un libro impresionante, larguísimo y bastante informativo. Por eso admiro tu capacidad de sintetizar la idea que Sapolsky explica en 719 páginas.
    Siempre he tenido una fascinación por lo nórdico, por su capacidad de cultivar una sociedad colectiva que funcione para la gran mayoría. Soy colombiana y he tenido la suerte de haber vivido en varios países. Yo hice mi parte como estudiante, forjé una carrera profesional como profesora bilingüe y pensar que todo eso ha sido suerte no es muy alentador. Tampoco lo es pensar que mis estudiantes con necesidades especiales de Houston, Texas no tienen un futuro muy prometedor. Ahí es dónde yo miro hacia adentro y decido que mi influencia sobre su aprendizaje, actitudes y forma de relacionarse con el mundo va a ser lo más positiva posible así sea pasajera. Es un trabajo duro y requiere mucha intención renovada. Pero cada fin de semana recargo esa intención.
    Gracias de nuevo por tu artículo.

    Responder
    • Val Muñoz de Bustillo dice

      28/11/2025 en 09:26

      Gracias Sandra por tus palabras 🙂

      Responder

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