Unos investigadores pidieron a un grupo de jóvenes que redujeran las redes sociales a una hora al día. Otro grupo siguió usándolas como de costumbre. Después de tres semanas, quienes habían reducido el uso tenían menos síntomas de depresión y ansiedad que los demás. La mejora fue pequeña.
Es uno de los estudios que el psicólogo Jonathan Haidt utiliza para defender que las redes están perjudicando la salud mental de los jóvenes. A mí su explicación me encaja bastante. Creo que los móviles y las redes son una de las causas principales de estos problemas. Y confío en Haidt. Me gusta su trabajo.
Pero Candice Odgers, una psicóloga que lleva años investigando la salud mental adolescente, recoge ese experimento en una revisión y reconoce que hubo mejoras. Sin embargo, considera que las investigaciones sobre el impacto de las redes sociales en la salud mental de los adolescentes, en conjunto, no justifican dar tanto peso a las redes.
Una cosa es que algunos jóvenes mejoren al reducir las redes durante tres semanas y otra que las redes expliquen buena parte de los problemas de salud mental de toda una generación. Para probar lo segundo no basta con ese experimento.
En este capítulo voy a comparar algunas de las evidencias que utiliza Haidt con los argumentos de Odgers. Quiero comprobar si esas pruebas justifican dar a las redes sociales tanta importancia o si me estoy dejando convencer porque Haidt dice lo que yo ya pensaba.
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Antes de seguir, piensa qué crees tú: ¿las redes son una de las causas principales de estos problemas? Al final del capítulo volveremos a esa pregunta.
Las pruebas de Jonathan Haidt
En el “Informe Mundial de la Felicidad de 2026”, Jonathan Haidt y Zach Rausch dedican un capítulo entero a defender que las redes sociales están perjudicando la salud mental de los adolescentes. Haidt es el autor del libro “La generación ansiosa”. Entre sus libros y sus apariciones públicas, se ha convertido en un psicólogo estrella.
Haidt pone el punto de mira en el aumento de la ansiedad, la depresión y las autolesiones entre los adolescentes de varios países occidentales, especialmente entre las chicas. Ese empeoramiento empezó antes de la pandemia y coincide con la expansión de los móviles y las redes sociales durante la década de 2010.

Para averiguar si hay relación entre estos dos fenómenos, recurre a diversos estudios.
Uno de ellos es el que mencionaba en la presentación. Los participantes tenían entre 17 y 25 años, eran universitarios con síntomas de ansiedad o depresión. El reparto entre quienes debían reducir las redes y quienes seguirían como siempre se hizo al azar. Así se intenta que los grupos sean parecidos antes de empezar y se pueda hacer una comparativa justa.
Durante el experimento, los investigadores comprobaron el uso de redes sociales con los registros de los teléfonos. De modo que era más fiable que simplemente preguntarles a los participantes. El uso de redes del grupo intervenido se redujo aproximadamente a la mitad.
Al terminar las tres semanas, dicho grupo tenía menos síntomas de depresión y ansiedad que el otro (según sus propias palabras). Aunque la mejora fue modesta.
Para estudiar cambios durante varios años, Haidt recurre también a comparaciones como la de un estudio que tuvo lugar en España.
Entre 2007 y 2019, la fibra óptica llegó a las diferentes provincias españolas a ritmos muy distintos. El despliegue dependía en parte de la competencia entre las operadoras. Los investigadores aprovecharon esas diferencias para estudiar qué pasaba con la salud mental según iba mejorando la conexión a internet.
Para ello compararon la evolución de los registros hospitalarios y tuvieron en cuenta diferencias económicas y de población entre las provincias. Al analizar los resultados encontraron un empeoramiento, especialmente entre las chicas de 15 a 19 años, con un aumento de las autolesiones y los intentos de suicidio. Aquí estamos hablando de problemas registrados en hospitales, no solo de cómo responde alguien a un cuestionario.
Haidt interpreta que el mayor impacto sobre las chicas apunta a que las culpables son las redes sociales. Si el daño viniera principalmente de los videojuegos, por ejemplo, cree que esperaríamos un efecto mayor entre los chicos (que juegan con más frecuencia).
Haidt reúne estos resultados con otros experimentos y con estudios que siguen a jóvenes a lo largo del tiempo. Para él, que investigaciones distintas encuentren efectos negativos refuerza la idea de que las redes son una de las causas importantes del deterioro.
Pero Odgers considera que esas pruebas no son suficientes para concluir que las redes sean una de las causas principales. Vamos a ver por qué.
El estudio de Candice Odgers y sus límites
Odgers estudió a casi 400 adolescentes, la mayoría de 12 a 15 años. Primero les hicieron una evaluación y durante dos semanas les preguntaron por su uso de la tecnología y cómo se encontraban.
El problema de comparar a dos adolescentes diferentes es que sus vidas pueden ser muy distintas. Por ejemplo, un adolescente con problemas en casa puede encontrarse peor y usar más las redes. Pero eso no significa necesariamente que las redes sean la causa de su malestar.
Para mitigar ese problema lo que hicieron fue comparar a cada adolescente consigo mismo. ¿Qué significa esto? Bueno, pues miraban cuánto había usado la tecnología cada día y cómo se encontraba. Y después comparaban los días de más uso con los días de menos uso, para ver si se encontraba peor cuando la usaba más.
No vieron mayor malestar de forma consistente en los días de más uso. Tampoco vieron que quienes usaban más las redes sociales al principio estuvieran peor después.
En todo caso, hay que tener en cuenta algunos límites de este estudio. El primero es que en este caso eran los adolescentes quienes decían cuánto tiempo utilizaban la tecnología. Y, como sabes, no siempre somos buenos estimando este tipo de cosas.
Por otro lado, en las comparaciones diarias el estudio agrupaba distintas actividades digitales, no solo las redes sociales. Por lo tanto, esos resultados diarios tampoco nos dicen qué ocurre específicamente con las redes.
Y, por último, estos resultados no descartan que a largo plazo pueda haber daños acumulados. Esto pasa en muchos ámbitos. Hay drogas que puedes tomar sin problemas a corto plazo, pero que a largo plazo te pueden hacer polvo.
Volviendo al experimento del principio, una de las objeciones de Odgers es que buena parte de estos estudios se ha hecho con mayores de edad. En el que he contado participaron jóvenes de entre 17 y 25 años. Por lo tanto, no sabemos si pasaría lo mismo con adolescentes de entre 13 y 16 años. Y además, la intervención fue muy breve: duró solo tres semanas. Tampoco sabemos si la mejora se mantendría a largo plazo.
Otro problema es que los participantes sabían si debían reducir las redes o seguir como siempre y los resultados dependían de cuestionarios. Entonces, bueno, si esperaban mejorar emocionalmente al reducir el uso de las redes, esa expectativa podía influir en cómo se encontraban o en sus respuestas a los cuestionarios. No sabemos si influyó ni cuánto.
Respecto al estudio que se hizo en España, también le veo otro problema. En realidad, lo que estaba midiendo era el impacto de mejorar la conexión a internet.
Que las chicas salgan peor paradas puede ser una pista, pero el estudio no separa las redes de otras actividades en internet.

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Qué podemos concluir de estos estudios
Hasta aquí he contado unos pocos estudios. Para formarnos una opinión completa necesitamos saber si representan el conjunto de las investigaciones. En 2025, hace nada, unos investigadores reunieron 32 experimentos sobre la reducción o el abandono total de las redes sociales. Combinaron los resultados, es decir, hicieron lo que de toda la vida se llama un metaanálisis. Y lo que encontraron fue una pequeña mejora media en el bienestar emocional. Por lo tanto, el experimento del que hablábamos al principio no es el único que encuentra beneficios al reducir el uso de las redes sociales.
Este metaanálisis lo citan tanto Haidt como Odgers. Haidt destaca las mejoras al reducir las redes. Por su parte, Odgers pone el acento en lo pequeñas que son y en los límites para aplicar estos resultados a adolescentes.
Y dicho esto, dirás: vale, con eso lo tenemos ya, ¿no? Bueno, pues no. Y por eso es importante saber exactamente de qué van los estudios y cuáles son sus limitaciones. Por ejemplo, en este metaanálisis los participantes eran mayoritariamente adultos. No podemos dar por hecho que con adolescentes va a pasar lo mismo (aunque sin duda es una buena pista).
Además, estos experimentos nos dicen si los participantes mejoran al reducir las redes sociales. Pero no cuánto de la subida de la ansiedad o la depresión entre los adolescentes se debe a las redes y cuánto a otros cambios en sus vidas. Haidt también reconoce que estos experimentos, por sí solos, no bastan para explicar el deterioro de la salud de los adolescentes durante los últimos años.
Por otro lado, cuando analizamos metaanálisis es importante mirar qué estudios se incluyen y cuáles no. Los criterios de selección deben estar claros desde el principio y aplicarse igual tanto si un estudio encuentra mejoras como si no las encuentra.
Y al valorar esos estudios también es relevante cómo se han analizado los datos. Por ejemplo, ¿qué significa que hayan “controlado otras variables”? Volvamos al adolescente con problemas en casa. Esos problemas podrían explicar tanto su malestar como un mayor uso de las redes. A esto se le llama confusión. Tener en cuenta su situación familiar ayuda a diferenciar estas explicaciones de su malestar.

Ahora pongámonos en otra situación diferente. Un adolescente pasa más tiempo en las redes sociales, se acuesta más tarde y acaba durmiendo menos. Y eso hace que se encuentre peor. En este ejemplo, la pérdida de sueño es una consecuencia del uso de las redes y una de las causas de su malestar. A esto se le llama mediación.

Si queremos conocer todo el daño de las redes, tenemos que contar también el que se produce por dormir menos. Si al analizar los datos dejamos fuera ese efecto, nos quedamos cortos.
Por lo tanto, cuando leas o escuches que un estudio ha controlado otras variables, pregúntate si está separando otras causas del malestar o si está dejando a un lado parte del daño que las propias redes podrían causar.
Y con esto volvemos a la pregunta principal del capítulo. ¿Hasta dónde podemos aceptar las conclusiones de Haidt y de Odgers?
Mi opinión después de revisar las pruebas
Antes de preparar este capítulo pensaba que las redes sociales eran una de las causas principales del deterioro de la salud mental de los adolescentes. Después de revisar estos estudios, sigo pensando que es así, pero mi confianza se ha reducido. Es posible que el impacto sea menor del que yo pensaba. Al menos, con lo que hemos revisado, no me parece que tengamos suficientes pruebas para declarar a las redes el máximo villano.
Sigo viendo motivos para tomarnos en serio los riesgos. Pero tampoco hay que olvidar que las redes pueden tener efectos positivos, por ejemplo, ayudando a algunos adolescentes a mantener el contacto con sus amigos.
Dado que leo a Haidt desde hace mucho tiempo y confío mucho en su criterio, eso me sesgaba hacia su posición y podía hacer que las críticas a su trabajo no me calasen tanto. De primeras, era más crítico con las objeciones de Odgers.
En el Curso Avanzado de Pensamiento Crítico entrenamos cómo revisar nuestras creencias. Una de las cosas en las que hago mucho hincapié es en examinar los argumentos y las evidencias en contra de nuestras creencias. Porque nos cuesta más revisar nuestras propias ideas que cuestionar las de los demás.
Y ahora te toca a ti. ¿Qué pensabas al empezar el capítulo? ¿Ha cambiado tu opinión o al menos tu confianza en ella? ¿Qué evidencias necesitarías para revisarla?
Fuentes y referencias
- Haidt y Rausch, World Happiness Report 2026
- Jensen, George, Russell y Odgers
- Burnell y colaboradores: metaanálisis de 2025
- Davis y Goldfield
- Arenas-Arroyo, Fernández-Kranz y Nollenberger
- Datos de la gráfica: CDC YRBS
La gráfica del vídeo recoge tristeza y desesperanza declaradas en la encuesta YRBS. No representa un recuento de diagnósticos.
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