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La Alta Literatura no es lo que pensabas

Artículos · 10/04/2026

Muchos leímos algunos grandes clásicos de la literatura hispana en el instituto. Yo recuerdo vagamente La casa de Bernarda Alba, El Quijote y La Regenta. Qué quieres que te diga, no me parecieron un tostón, pero no entendía por qué se los consideraba grandes clásicos de la literatura universal. Y desde luego, no ayudaron a fomentar mi afición por la lectura.

Afortunadamente, mi padre era un gran lector y me fue pasando libros que disfruté muchísimo. Eso hizo que nunca dejase de leer e, incluso ya de adulto, he retomado la que podríamos llamar alta literatura. Pero de eso te hablaré más tarde.

El problema que tenemos muchos de nosotros con la alta literatura es que pensamos que si no la disfrutamos en el instituto es porque había algo mal en nosotros. ¿No la entiendo? ¿No soy capaz de disfrutarla? ¿En qué consiste exactamente? ¿Por qué me resulta tan farragosa de leer?

En este episodio voy a intentar responder a esas preguntas, y a algunas otras. Veremos en qué se diferencia la narrativa que todos leemos de la alta literatura, si leer esta última es solo una forma de ganar prestigio entre círculos de gafapastas, y cómo afrontar la lectura de los clásicos para poder disfrutarlos sin hincar la rodilla a las primeras de cambio.

Dicho esto, y para adentrarnos en el tema, lo primero es aclarar dos confusiones habituales sobre la literatura.

Empecemos.

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Lo que la literatura no es

La primera es que la literatura nos vuelve personas más empáticas, mejores personas. Si bien es verdad que leer historias te ayuda a ponerte en la piel de gente distinta a ti y te da perspectiva, los estudios no parecen apoyar una relación causal robusta entre leer y ser mejor persona.

Por otro lado, solemos pensar que las personas que más leen, sobre todo si leen a los clásicos, se vuelven más sabias e inteligentes. Obviamente uno puede aprender mucho de la literatura, pero de ahí a hacerte más inteligente, hay un trecho. Es cierto que existen estudios que han observado que los lectores más ávidos tienen mayor inteligencia verbal, pero la relación causal no está nada clara: no sabemos si eso lo provoca la lectura, o si las personas que de base son más hábiles con las palabras leen más porque les resulta más placentero.

Una vez desmitificadas estas cuestiones, creo que lo siguiente que debemos hacer es responder a una pregunta con muchas respuestas: ¿en qué consiste la alta literatura? ¿qué distingue a ciertas obras literarias como El Quijote o La divina comedia?

Qué entendemos por alta literatura

La alta literatura se distingue del resto de narrativa principalmente en una cosa: la forma tiene tanta importancia, o más, que la historia.

Piensa en cualquier novela de intriga, como las de Agatha Christie. Son novelas pensadas por y para una cosa: disfrutar con la historia. La trama es la protagonista y lo que realmente nos importa es lo que está pasando. Da igual si es una novela erótica como Cincuenta sombras de Grey, una historia fantástica del universo Dragonlance o un relato de terror de Stephen King. La trama y los personajes llevan el peso principal.

Compara estos libros ahora con el Ulises de Joyce o Mientras agonizo de Faulkner. Pero también con autores de una sencillez aparente como John Steinbeck o Borges. Estos libros también cuentan historias, por supuesto, pero la forma, el estilo y la técnica tienen un gran protagonismo.

En un libro de trama, llamémoslo así, puedes saltarte algunos párrafos descriptivos sin que la experiencia sufra demasiado. Lo que buscas es saber qué va a pasar, y cuando la obra se desvía de esa pregunta esencial, no te aporta demasiado. Pero hacer eso leyendo a Joyce, a Steinbeck o a Borges, sería un error enorme. Porque el deleite de leer cada frase precisa, cada metáfora, cada inciso, es exactamente lo que hace de leer a estos genios una experiencia deliciosa.

Por lo tanto, la alta literatura no va de libros complicados, antiguos o pretenciosos. La forma, la voz, el ritmo y la mirada no son el envoltorio de la historia; son parte fundamental de la experiencia.

Dicho esto, no toda la alta literatura acaba pasando a formar parte del canon universal. No todos los buenos libros se convierten en clásicos que leerán una y otra vez las generaciones futuras. Entonces, ¿qué es lo que convierte un gran libro en un clásico?

Por qué algunos libros se vuelven clásicos

Siempre pensé que había algo de arbitrario en por qué unos libros pasaban a ser clásicos y otros no. Cuando los leía, muchas veces no era capaz de ver las razones detrás de su éxito.

Ahora creo que lo entiendo mejor. Unas veces lo determinante es lo bien que ciertas obras captan el espíritu de su tiempo. Muchos libros que se acaban convirtiendo en clásicos capturaron una época mejor que nadie, como lo hizo Dickens con la Revolución Industrial. Otros clásicos capturaron mejor que ninguna otra obra la implacable condición humana,. Un ejemplo paradigmático de esto es lo que hizo Kafka en La metamorfosis.

Algunas obras simplemente introdujeron innovaciones narrativas que cambiaron las reglas del juego. Cervantes no inventó la novela, pero la llevó a un nivel inédito de ironía y juego entre realidad y ficción; Montaigne inventó el ensayo, tal y como lo conocemos; Joyce popularizó la narración a través del flujo de conciencia de sus personajes. Otros libros alcanzan el estatus de clásico porque consiguen transmitir una idea filosófica con gran lucidez, como hizo Camus en El extranjero, una de las obras definitorias del absurdo.

La mayoría de los clásicos no cumplen uno solo de estos requisitos, sino varios a la vez. Pero no nos engañemos, hay grandes obras que cumplían con estos criterios y que no se estudian en las escuelas. ¿Por qué? Muchas veces por puro azar. Infinidad de pequeñas y grandes causas que terminan siendo decisivas. Alguien con influencia decidió descartar la obra a pesar de su calidad; una comisión académica elige un texto en vez de otro por afinidad para enseñarlo en la facultad… En fin, que tampoco podemos descartar el factor suerte y el peso de las instituciones.

Pero claro, que un libro sea un clásico indiscutible no necesariamente se traduce en una experiencia de lectura placentera o interesante.

Mi cambio de mirada (De leer historias a leer formas)

Como he dicho, leí mis primeros clásicos en la adolescencia. Entonces yo solo me fijaba en la historia y en los personajes. Los profesores nos obligaban a analizar el estilo, sí, pero no era algo que disfrutara. Más bien era un incordio, una distracción de la trama.

En los últimos años, la cosa ha cambiado. Sobre todo desde que empecé un club de lectura de clásicos con unos amigos. Gracias a las charlas post-lectura, he empezado a reparar mucho más en el estilo y en la forma.

Cuando leí las primeras páginas de Marianela, de Galdós, lo primero que pensé fue: “qué adornado está todo, qué pereza”. El libro arranca con uno de los personajes perdiéndose de noche en una zona minera. Y Galdós frena la trama en seco. Se detiene muchísimo en contar cada detalle del lugar: los cráteres, el ruido de las máquinas en la oscuridad, las sombras monstruosas de la piedra. Mi problema eran las prisas: ¡yo lo que quería era saber qué iba a pasar a continuación! Pero eso no es lo que busca Galdós ahí. Él no quiere que corras hacia la siguiente escena; quiere que te sientas tan desorientado como el propio personaje.

Marianela tiene una trama entretenida y unos personajes muy vivos. Sin embargo, si no reparas en el estilo, te estás perdiendo la mitad de lo que la obra te está ofreciendo.

Poco a poco, estoy entrenando mi cerebro para tener más pausa en la lectura y ver más allá de la historia. Es exactamente el mismo clic mental que algunos hacen con el cine. Al principio ves una película y solo te importa qué le va a ocurrir al protagonista. Pero, con el tiempo, empiezas a fijarte en cómo la luz cambia el tono de la escena o en cómo el montaje genera tensión. Según vas leyendo obras literarias, pasa algo parecido: empiezas a notar el ritmo de las frases, el tono del narrador, cómo se insinúa un rasgo de carácter o cómo se construye una atmósfera asfixiante.

En definitiva, cuando te das cuenta de esta nueva capa, cambia por completo tu lectura.

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Los dos placeres (Experiencia y análisis)

Esto que me ha pasado con los libros y las películas es algo que sucede con todo tipo de arte. Me explico.

Cuando vas al Museo del Prado puedes deleitarte viendo los detalles de los cuadros de El Bosco o la oscuridad de las obras de Goya. Ahí el placer viene de la inmersión pura, de la experiencia de la belleza o de lo sublime.

Pero cuando haces una visita guiada, el guía apunta a esa otra capa en la que pocos suelen reparar: la analítica. Sigues experimentando la inmersión, pero asoma un disfrute nuevo. El guía te explica, por ejemplo, que los monstruos de El Bosco no son fruto de la locura ni de ninguna obsesión personal, sino traducciones visuales de refranes flamencos de la época sobre la corrupción humana. También te señala cómo la técnica de aplicar capas finísimas de óleo permite ver incluso el dibujo original a lápiz debajo de la pintura.

Es como si te hubieras puesto unas gafas graduadas. Has multiplicado tu disfrute gracias a una mayor comprensión de la obra. La forma deja de ser una simple muleta para el contenido para convertirse en un objeto de interés en sí misma.

Este placer, digamos más cognitivo, necesita de un esfuerzo y una preparación que la simple contemplación no exige. Por eso a veces tenemos la sensación de que cierto arte es elitista. Hay obras tan orientadas al disfrute analítico que, ante ellas, el observador casual siente que se le escapa algo, que le faltan los códigos para entenderla y disfrutarla.

Sin embargo, hay que tener cuidado. Un exceso de foco en la técnica, en la forma o en el contexto puede arruinar la magia. Si te pasas te pasas con el análisis, corres el riesgo de anestesiar la experiencia más directa.

Y aquí me gustaría hacer un apunte. Para experimentar el estilo no es necesario analizar la obra. Para nada. Igual que no hace falta reparar en cómo usa los colores El Bosco para sentir el desasosiego de esos colores, tampoco hace falta ser un experto para que el ritmo de un buen escritor te acelere el pulso o te ahogue. El estilo, cuando se utiliza bien, hace el trabajo sin que repares en él. Y luego si quieres exprimir más la obra, puedes analizarla, claro.

Ahora que ya entendemos en qué consiste la alta literatura y las distintas vías para disfrutarla, vayamos con una pregunta que puede rondarte la cabeza: ¿por qué el Ulises de Joyce, considerado el culmen de la literatura occidental, es una obra que casi nadie es capaz de terminar?

Por qué unos textos entran mejor que otros

Pues bien, la respuesta rápida es que leer a Joyce va en contra de nuestra naturaleza y de nuestros hábitos de lectura. Sí, lo has oído bien. Por si no lo sabes, el Ulises de James Joyce es considerado uno de los clásicos modernos y probablemente sea uno de los libros que más gente ha dejado de leer en el primer capítulo. Joyce volcó en esta obra el ruido mental de los personajes sin procesar: sin filtros, a menudo sin puntuación y mezclando recuerdos con estímulos presentes de forma caótica. Lo que esto significa es que mientras lo lee, tu cerebro no puede anticipar casi nada. Te obliga a reajustar constantemente tus expectativas de lectura.

Por contra, leer Misery, de Stephen King, es una experiencia opuesta. King utiliza un lenguaje claro y preciso. Ordena los acontecimientos del modo al que el cerebro está acostumbrado y construye una historia donde hay un planteamiento, un nudo y un desenlace. Todo fácil.

Y es que el cerebro evolucionó para historias lineales y cuando un autor rompe esto, nos saca de nuestra zona de confort.

Otro de los motivos por los que ciertas obras nos fatigan es porque saturan la memoria de trabajo. El cerebro es incapaz de mantener muchos elementos al mismo tiempo. Por eso cuando Proust llena una página con una frase interminable, queremos pegarnos un tiro. Tu cerebro es incapaz de mantener toda esa información al mismo tiempo y necesitas releer la página para entender algo.

Por último tenemos otra fricción presente en otro de los grandes clásicos. La montaña mágica de Thomas Mann es una disertación interminable sobre todo tipo de asuntos filosóficos. La trama es lenta y espesa. Nuestro cerebro está muy orientado a la novedad y la sorpresa. Por eso cuando Stephen King nos sorprende con un giro de guion, nos engancha tanto. Por contra, para leer a Mann hace falta paciencia. Paciencia y motivación.

Ah, se me olvidaba. ¿Sabes que hace años me puse a leer la Divina comedia de Dante? El lenguaje y el ritmo me cautivaron, pero casi no me enteraba de nada. Luego indagué sobre la obra y me enteré de que era una especie de obra de cotilleos de la época. Con cero conocimiento de las intrigas de la Florencia de la época es difícil entenderla y disfrutarla.

Así que no, no es que seas tonto. Si no disfrutas de algunos clásicos es porque no es fácil. Muchos requieren de paciencia, relecturas, contexto… Curiosamente esto no ha sido un obstáculo para que estas obras fueran elevadas a grandes obras maestras. La cuestión es ¿por qué? ¿Por qué a pesar de las múltiples dificultades seguimos, encumbrando, leyendo (o intentando leer) los clásicos?

Postureo, gimnasia mental y dificultad

Sé lo que estás pensando: que los lectores de Proust, Mann y Joyce son gafapastas con ínfulas. Que, como no son guapos ni ricos, tienen que señalizar su estatus mediante ejercicios intelectuales al alcance de pocos. Y sí, tu intuición tiene parte de verdad. Ya he hablado de la señalización costosa en este podcast: los animales, incluidos los humanos, hacemos alardes que nos cuestan dios y ayuda con el único objetivo de… bueno, de mojar. He simplificado mucho, lo sé, pero no olvidemos que somos animales y pasamos buena parte de nuestra vida intentando destacar por encima de los demás. Esta es otra forma más de hacerlo.

Pero tampoco nos engañemos. Limitar la lectura de clásicos al puro afán de aparearnos es reduccionista. También lo hacemos como una especie de gimnasia mental. ¿Por qué tanta gente corre durante horas o levanta pesos inhumanos en el gimnasio? Hay una satisfacción real en todo ese esfuerzo, pero no es por el dolor en sí, sino por el placer de la maestría.

Superar un texto difícil es mucho más satisfactorio que terminar una novela sencilla precisamente porque has logrado descifrar un caos que al principio te superaba. Personalmente, seguí leyendo a Faulkner a pesar del sufrimiento por por el puro disfrute del reto. Y claro, ahora que lo he dicho aquí, también ayuda a elevar mi estatus.

La siguiente pregunta es: ¿realmente es necesario escribir complejo para transmitir algo profundo? Personalmente creo que no. Bajo mi punto de vista, muchos de esos autores opacos lo eran porque priorizaban la experimentación sobre la claridad. Querían innovar, hacer lo que les pedía el cuerpo. Las frustraciones del lector eran secundarias.

Pero autores precisos y claros como Borges nos recuerdan que no hace falta escribir difícil para transmitir ideas complejas. La profundidad no tiene que ser sinónimo de opacidad.

Dicho esto, tanto si quieres leer alta literatura para ponerlo en tu perfil de Tinder como si quieres enfrentarte a retos intelectuales o descubrir formas de arte más complejas, te voy a decir cómo puedes afrontar tus lecturas literarias sin que sea un suplicio.

Guía de inicio a la alta literatura

Primero, cómo no hacerlo: olvídate de comprar una edición del Ulises y empezar a leerla a pelo. Si vienes de Pérez-Reverte, Stephen King o Brandon Sanderson, no es una buena idea. Como en cualquier reto exigente, necesitas ir poco a poco.

En pedagogía se habla de la dificultad deseable. Si no subes el nivel de dificultad, no vas a progresar; pero si pasas de Pérez-Reverte a Joyce directamente, vas a claudicar. El secreto es buscar clásicos breves y accesibles. Yo te propongo tres puertas de entrada: Borges, Steinbeck y Juan Rulfo.

Borges tiene cuentos afilados, con una densidad de ideas enorme, pero usa un lenguaje preciso y claro. Con Steinbeck y su novela De ratones y hombres pasa algo curioso: es un libro fácil de leer, pero tiene una profundidad emocional y una técnica narrativa que no vas a encontrar en la narrativa comercial. Y luego está Rulfo; en El llano en llamas te demuestra que se puede construir un mundo entero con el vocabulario de un campesino.

Después de estos, puedes ir subiendo el nivel de dificultad: Kafka, Galdós, Cervantes o García Márquez. Y solo cuando te sientas cómodo, prueba a subir a los picos más altos: Thomas Mann, Joyce, Faulkner o Dante.

Lo importante es verlo como un proceso de aprendizaje. Hay que asumir que un poco de esfuerzo es necesario, pero eso no significa que tengas que sufrir por sistema (a no ser que quieras fardar de ello, pero esa es otra historia).

Un consejo: baja tus expectativas. No pretendas pillar cada referencia teológica de Dante ni cada detalle descriptivo de Galdós a la primera. Muchas de estas obras se disfrutan de verdad en la relectura. La primera vez tu cerebro está saturada intentando entender qué pasa; es en la segunda lectura cuando, libre de esa carga, puedes empezar a disfrutar de cómo está hecho.

Tampoco tengas problemas en pedir ayuda. Cuando leímos Mientras agonizo, de Faulkner, en el club de lectura, usé ChatGPT para situarme en la historia y conocer mejor a los personajes, también vi reseñas en YouTube… una vez que tuve ese contexto, la dificultad disminuyó. Aun así, ya te adelanto que no lo terminé. No hay que ser masoquista: si un libro no te entra, a otra cosa.

Busca también ediciones comentadas. Las notas de un experto te ayudan a disfrutar del análisis sin perderte. Y por último, mi principal consejo: lee en grupo. Montar un club de lectura con mis amigos ha sido la mejor decisión para retomar los clásicos. La motivación de juntarnos a hablar del libro hace que superes la fricción que tienen algunos de estos autores. Nosotros llevamos nueve lecturas y estoy encantado.

Cierre

Ya lo has visto. No hay nada de raro en sentir, cuando eres adolescente, que La casa de Bernarda Alba es un rollo. En el instituto te están pidiendo un análisis técnico cuando tú lo que buscas es disfrutar de una historia sin pretensiones. Quizás, con el tiempo, aprendas a disfrutar de placeres más exigentes; puede que te motive ver el arte no solo como una experiencia, sino como un reto intelectual. Es posible que llegue el día, después de leer docenas de bestsellers, en que tu cerebro te pida algo más de complejidad, de chicha. O puede que no, y simplemente decidas que prefieres dedicar tu energía a otras cosas. Es una cuestión de prioridades.

Como decíamos al principio, la alta literatura no te hace mejor persona, ni más inteligente, pero sí puede darte algo que la narrativa comercial rara vez ofrece: te exige a leer y pensar de otro modo. Simplemente tiene otras pretensiones y utiliza otras herramientas. Te da estatus, sin duda (al menos en ciertas tribus), y somete a tu cerebro a un entrenamiento de alta intensidad.

Todo el mundo puede subir la colina del pueblo. Unos pocos quieren subir a los picos más altos de la sierra, y una minoría disfruta de la escalada técnica en alta montaña. Lo que parece claro es que, si intentas subir a la cima del Everest sin el equipo y preparación adecuada, lo vas a pasar mal.

Así que, si te atrae la idea de escalar a esos grandes picos, no lo hagas a lo bruto. Ve poco a poco y utiliza las herramientas adecuadas. Cuando llegas a la cima, la experiencia es maravillosa.

Si quieres aprender a pensar críticamente, apúntate a mi Curso Avanzado de Pensamiento Crítico.


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Archivado en: Artículos Etiquetado con: libros, literatura, Naturaleza humana, psicología

Val Muñoz de Bustillo

Interacciones con los lectores

Comentarios

  1. Desiderio dice

    12/04/2026 en 14:18

    No estoy de acuerdo con el planteamiento del artículo, aunque toque un par de ideas que suenan razonables. Presenta como si fuera un descubrimiento que la “alta literatura” no es fácil ni necesariamente placentera, cuando eso es algo bastante sabido desde hace tiempo. Pero el problema no es ese, sino que acaba reduciendo la literatura a una cuestión de dificultad, como si lo valioso fuera simplemente que cueste leerla. Y eso es un error. Hay obras complejas y mediocres, y otras muy accesibles que son profundamente literarias. La dificultad no es el criterio.

    Además, el enfoque arrastra un sesgo bastante claro: intenta medir la literatura con criterios de claridad, utilidad o comprensión racional, que son propios de otros ámbitos, no del literario. La literatura no está para explicar el mundo de forma eficiente, sino para explorar lo ambiguo, lo contradictorio, lo que no encaja del todo. Si se la juzga con parámetros utilitaristas, inevitablemente se la empobrece.

    También simplifica mucho el problema educativo. No es solo que se lean obras “demasiado pronto” o sin contexto, sino que falta una verdadera mediación: enseñar a leer, acompañar, dar herramientas. Sin eso, cualquier texto —difícil o no— se vuelve inaccesible. En el fondo, el artículo critica síntomas, pero no entiende del todo la naturaleza del problema ni de la propia literatura.

    Responder
    • Val Muñoz de Bustillo dice

      15/04/2026 en 13:05

      Buenos días:

      En ningún momento planteo que el valor de una obra dependa de su dificultad ni que lo complejo sea automáticamente mejor. De hecho, una de las ideas del artículo era justo la contraria: que hay obras accesibles y profundamente literarias, y obras difíciles que no aportan gran cosa.

      Tampoco pretendía medir la literatura solo con criterios de utilidad o claridad. Lo que intento explicar es por qué ciertos lectores conectan peor con algunas obras y qué obstáculos suelen aparecer en ese encuentro. Eso no agota la experiencia literaria ni reduce la literatura a una gimnasia racional.

      En lo educativo, estoy bastante de acuerdo en que la mediación importa mucho: acompañar, dar contexto y enseñar a leer mejor cambia por completo la experiencia. Mi artículo no pretendía ofrecer una teoría completa de la enseñanza literaria, sino señalar algunos factores que suelen influir en el rechazo inicial a ciertos libros.

      Saludos.

      Responder

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