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El Síndrome de San Jorge Jubilado: Por qué los movimientos sociales mueren de éxito y se transforman en sectas

Naturaleza humana, Política · 21/03/2026

Muchas organizaciones nacen para combatir un problema real, pero cuando ese problema se reduce o cambia de forma, tienden a exagerarlo, redefinirlo o sustituirlo para justificar su propia continuidad.

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Jorge es un caballero medieval que vive en un reino aterrorizado por un dragón que quema las cosechas, devora el ganado y, de vez en cuando, se merienda a algún aldeano.

Jorge es un héroe cuyo fin único es defender al reino del dragón. Después de pasar la noche trazando un plan y afilando su espada, se enfrenta al dragón al alba y le corta la cabeza. El pueblo lo vitorea y lo pasea a hombros por la Plaza Mayor.

El problema es que Jorge solo sabe hacer una cosa: cazar dragones. Su prestigio y su sueldo dependen de que haya un monstruo merodeando. Al día siguiente de la victoria, sale al campo, pero no hay dragones por ningún lado, solo encuentra lagartijas.

¿Qué hace Jorge? ¿Se pone a plantar patatas? No. Jorge necesita que las lagartijas sean dragones. Así que empieza a convencer a los aldeanos de que las lagartijas son crías de dragón. Y que si no le siguen pagadon un sueldo, la paz del reino volverá a peligrar.

A este fenómeno Kenneth Minogue le llamó la El síndrome de San Jorge jubilado. Kenneth hizo una analogía en su libro Liberal Mind, entre la historia de San Jorge y el ciclo de vida de los movimientos sociales. Es un fenómeno que todos hemos observado en todo tipo de movimientos que terminan por institucionalizarse.

Hoy vamos a diseccionarlo. Usaremos el feminismo como caso central, porque en la última década en España no hay otro movimiento que haya tenido simultáneamente ministerio propio, legislación específica y hegemonía cultural. Es el ejemplo más claro de los últimos años, pero el patrón se repite en todo tipo de movimientos de todas las ideologías.

Empecemos.

También puedes escucharlo en Spotify, iVoox o Apple.

El dragón real

A principios del siglo XX, la mayoría de las mujeres no podían votar ni tener propiedades. En España, hasta 1975, una mujer necesitaba el permiso de su marido para abrir una cuenta bancaria, aceptar un trabajo o viajar.

Un movimiento no nace solo porque exista una injusticia. Se inicia cuando se dan tres cosas al mismo tiempo: un agravio claro, líderes que dan un paso adelante y una oportunidad política.

El sufragismo británico es un buen ejemplo. Había un agravio evidente —las mujeres no podían votar—, líderes dispuestas a asumir costes personales y un contexto político en el que la presión podía traducirse en cambios.

Una de sus líderes, Emmeline Pankhurst entendió que no bastaba con tener razón. Había que forzar el conflicto. Sus sufragistas rompían escaparates, se encadenaban al Parlamento y se ponían en huelga de hambre. En 1913, Emily Davison murió arrollada por el caballo del rey.

Era la ira estratégica. Sin ese ruido, las leyes seguramente no habrían cambiado. En esta fase, la radicalidad es una herramienta efectiva.

Pero este arco no es exclusivo del feminismo. Es el mismo que siguió el movimiento obrero cuando los niños trabajaban en las minas. El mismo del ecologismo cuando los ríos ardían en llamas. El mismo del antiterrorismo después del 11-S, cuando tres mil muertos exigían una respuesta.

Cada uno de estos movimientos mató a su dragón. Pero cuando el dragón muere y la organización que se montó para acabar con él, todavía sigue viva. Y necesita alimentarse de algún modo.

De las barricadas al ministerio

Avancemos. Principios del XXI. El dragón está muy tocado. Las leyes de igualdad existen, las mujeres son el 57% de los universitarios en España y la discriminación formal se ha desmantelado.

¿Quedan dragones reales? Sí. La mediana de la brecha de pensiones entre hombres y mujeres es del 41%. Las mujeres dedican casi el doble de horas que los hombres al trabajo no remunerado. En algunos ámbitos de poder, las mujeres todavía son clara minoría.

Pero el dragón ha cambiado de forma. Ya no es una ley que prohíbe votar a la mujer. Ahora es un problema difuso, estructural, difícil de medir y sobre todo difícil de atajar. Y ahí es donde la cosa se complica.

Robert Michels observó algo incómodo hace más de un siglo cuando estudiaba a sindicatos socialdemócratas: toda organización, por muy idealista que sea en origen, acaba generando una élite que prioriza la supervivencia de la organización por encima de sus fines. A este fenómeno lo llamó la Ley de Hierro de la Oligarquía.

El movimiento se institucionaliza poco a poco. En España pasamos de un modesto Instituto de la Mujer a un Ministerio de Igualdad con casi 600 millones de presupuesto. El activista ya no es un voluntario que se arriesga a que lo detengan. Muchos de ellos pasan a ser profesionales con un sueldo público. Y la consecuencia de todo esto es que si el problema se resolviera mañana, miles de personas se quedarían sin trabajo.

El movimiento pasa de ser un instrumento para resolver un problema a ser una institución que necesita que el problema siga existiendo. Con esto no quiero decir que algunas instituciones creadas a partir del movimiento no sean necesarias, quiero decir que ciertas instituciones o puestos de trabajo están sobredimensionados.

¿Pasa solo con el feminismo? No, pasa con muchos movimientos que empezaron luchando en la calle y hoy están intentando mantener grandes estructuras.

El patrón es el siguiente:

  1. Se mantiene al dragón vivo para no desaparecer
  2. Se mata al dragón (o se le deja moribundo)
  3. Se institucionaliza

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Guerras de pureza

Cuando el enemigo externo se difumina, el grupo hace algo previsible: empieza a devorarse a sí mismo.

Hay un fenómeno bien documentado en psicología social. Es el siguiente: cuando juntas a personas que piensan parecido y las dejas deliberar, no convergen al centro. Se van a los extremos. Y cuanto más homogéneo es el grupo, más se castiga la disidencia.

En el feminismo esto se ve con una claridad que casi da para serie de televisión. El conflicto entre el feminismo clásico y el feminismo queer ha generado un cisma brutal. J. K. Rowling y Lucía Etxebarria pasaron de ser iconos feministas a enemigas públicas por cuestionar la agenda trans. El foco se desplaza de la lucha por la igualdad a la lucha por definir qué es una mujer.

En ese momento la lealtad al grupo se convierte en el valor supremo. Hoy eres aliada, pero mañana te sales un poco del discurso y te conviertes en traidora.

Y cuidado, pasa lo mismo en el otro lado. En las últimas semanas diferentes facciones dentro de VOX están tirándose cuchillos. En la “manosfera” hay facciones que se devoran mutuamente. El nacionalismo español, que con ETA tenía un dragón real, ahora necesita que cualquier independentismo pacífico sea presentado como un dragón.

La espiral de pureza no es de izquierdas ni de derechas. Es lo que pasa cuando un grupo pierde su enemigo común y necesita fabricar uno nuevo.

Concept creep

Hay un concepto en psicología llamado concept creep: la tendencia de los conceptos de daño a ir abarcando experiencias cada vez menos graves. Este fenómeno no siempre es malo. Reconocer el acoso laboral fue una expansión necesaria. Reconocer el maltrato psicológico fue otra.

El problema es cuando esa expansión pierde todo anclaje con la realidad.

Mira cómo ha evolucionado el concepto de “violencia”. Empezamos con la violencia física. Ampliamos a la psicológica. Hasta ahí, bien. Pero cuando algunos activistas ponen el foco en la violencia simbólica, la estética, y llegamos a que “el silencio es violencia” (que no pronunciarte sobre un tema ya es una agresión). Poco a poco el significado de la palabra violencia se ha ido diluyendo.

¿Por qué esto es importante? Porque creo que cuando todo es violencia, la violencia más grave (la que siempre hemos entendido como violencia) pierde fuerza. Al final creo que la inflación conceptual acaba perjudicando a las víctimas más graves.

Y de nuevo, aunque pongo ejemplos del feminismo porque son muy claros, el mecanismo no es exclusivo de un bando. Cuando la derecha dice que pagar impuestos es “robar” o que regular las armas es “totalitarismo”, está haciendo exactamente lo mismo.

La reacción

Todo sistema en desequilibrio genera una reacción. Algunos a esto le llaman “el efecto péndulo”. Y los excesos del feminismo institucional ha alimentado un contra movimiento (que algunos llaman “manosfera”) que a veces es comprensible y otras es un delirio.

Dicho esto, sería injusto atribuir el movimiento de la manosfera únicamente a los excesos feministas. La realidad es multicausal.

Los hombres tienen sus propios problemas. Los jóvenes sin estudios han visto cómo sus perspectivas se desplomaban. El modelo del hombre que trabaja, provee y con eso basta ha desaparecido sin que haya un relevo claro. Y luego están los algoritmos, que no te muestran el feminismo matizado sino el clip más incendiario, seguido de la respuesta más salvaje.

Pero claro, también influye el lenguaje agresivo de ciertas representantes del feminismo. Cuando un chaval de diecisiete años siente que ser hombre es un pecado original por el que debe pedir perdón, se convierte en carne de cañón para el primer gurú que le diga: “Tú no eres el problema, ellas lo son”. Ahí entran los Andrew Tate de turno.

Y así se polariza todo. La comunicación se rompe. Y el legado real del feminismo queda enterrado bajo una guerra cultural que solo beneficia a los extremos.

Cuatro preguntas ante cualquier cruzada moral

Da igual de dónde venga.

1. ¿Quién cobra por esto?

¿Quién tiene sueldo, audiencia o poder gracias a que este problema exista? Eso no significa que el problema sea falso, pero busca datos independientes antes de aceptar el diagnóstico de quien vive del tratamiento.

2. ¿Se permite el matiz?

Si cuestionar un detalle te convierte en traidor, fascista o vendido, estás en una secta. Da igual la bandera. Sin matices no hay pensamiento crítico.

3. ¿Dragón o lagartija?

Que las mujeres todavía hoy trabajen el doble en la casa es un dragón. Un cartel publicitario que no te gusta es una lagartija. La mediana de la brecha de pensiones del 41% es un dragón. El lenguaje inclusivo es una lagartija. Aprende a distinguirlos.

4. ¿Tu modelo lo explica todo?

Si una teoría te sirve para explicar absolutamente todo lo que ves, la estás usando como religión. Si el patriarcado lo explica todo, no explica nada. Si el Síndrome de San Jorge jubilado te sirve para descartar cualquier reivindicación, la estás usando mal.


Conclusión

Las ideologías son necesarias para el progreso. Sin ellas, viviríamos peor. Pero cuando triunfan, se enfrentan a un dilema.

Casi nadie elige jubilarse con dignidad. La mayoría prefiere seguir viendo dragones donde solo hay lagartijas, porque es lo que saben hacer, lo que les da estatus y lo que les paga el alquiler.

Tu trabajo como aprendiz de polímata es distinguir dragones de lagartijas en todos los bandos. Y especialmente en el tuyo. Porque en el bando contrario es muy fácil.

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Archivado en: Naturaleza humana, Política Etiquetado con: ideología, Jonathan Haidt, marcos mentales, Naturaleza humana, política, psicología

Val Muñoz de Bustillo

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Comentarios

  1. Eduardo Cabrera dice

    22/03/2026 en 21:12

    El feminismo institucional no solo confunde lagartijas con dragones; en parte se reconfiguró como defensor de la ilusión identitaria trans y su “medicina transgénero”, pero además abandonó sus banderas igualitarias para luchar por la supremacia feminista: bajo una fachada victimista criminaliza a los varones por el mero hecho de serlo.

    Responder

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