Imagina que te metes en una máquina del tiempo que puede viajar a cualquier momento de los últimos 200.000 años; no sabes a qué momento llegarás. Puede llevarte al mes pasado, colocarte en el París de la Revolución Francesa o introducirte en una cueva del Paleolítico. ¿Te meterías?
La mayor parte de la gente no, sobre todo si vives en un país desarrollado y perteneces a la clase media (no somos tantos, no creas).
Bien, yo creo que sí me metería, soy demasiado curioso… Sin embargo, rezaría por evitar los últimos 10.000 años. He decidido nombrar al periodo que transcurre desde los inicios de la Revolución Agrícola hasta 1950 como la Era de la Miseria. La Revolución Agrícola fue una trampa de miseria en la que cayeron nuestros antepasados y de la que sólo logramos salir hace unos 70 años. ¿Por qué la he llamado Era de la Miseria? Vamos a verlo.
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Antes de la Revolución Agrícola
Mucha gente cree que la vida nómada de los cazadores recolectores era corta y brutal. En parte no les falta razón. Las madres veían morir a la mayoría de sus hijos. De ahí que la esperanza de vida no superara los 33 años. Un cazador podía morir en un partida de caza. Sin antibióticos, un corte podía infectarse y llevarle al otro barrio. Además, pese a lo que piensan algunos antropólogos, los asesinatos dentro de las propias bandas y las trifulcas entre bandas estaban eran comunes. No era raro morir en una emboscada, al estilo de los chimpancés.
Eso sí, ten en cuenta que la esperanza de vida media es era baja por que muchos niños morían pronto, pero si superaban los primeros años, podían llegar a los 70.
Durante el paleolítico había días que no se comía gran cosa; el tiempo, la caza y la fortuna marcaban el devenir de la tribu. No por casualidad almacenamos grasa con facilidad, precisamente porque el ayuno entre nuestros antepasados era común.
Cada día había que acudir a por agua corriente, no tenías un wáter en casa, calefacción ni aire acondicionado. No podías permitirte unas vacaciones ni hacerte futbolista. Sin duda las opciones vitales eran reducidas en esa época. Básicamente o cazabas o recolectabas (normalmente ambas cosas). Tampoco había restaurante italianos, ópera ni conciertos de Tailor Swift. Imagina cómo sería ser adolescente. ¡No tenían móviles!

Con esta información, nadie en su sano juicio querría caer en esa época, ¿verdad?, ¿o sí?
Veamos qué pasó tras la Revolución Agrícola.
Después de la Revolución Agrícola
Tras la última glaciación, hace unos 12.000 años, el clima, una densidad de población cada vez mayor y un creciente conocimiento del medio, fue llevando a esos nómadas precarios a asentarse en ciertos lugares del mundo. Inicialmente en la zona del Creciente Fértil, pero luego también en la costa este de China y en otros lugares que tenían plantas y animales más dóciles y domesticables.
Estos protoagricultores y protoganaderos no plantaban y cuidaban al ganado como ahora. Probablemente iban seleccionando algunas plantas comestibles cerca del campamento mientras eliminaban las que no les servían. A los animales seguramente comenzaron a encerrarlos en vallados para no tener que ir a por ellos. Poco a poco, sin que nadie lo planificase, los primeros agricultores fueron dejando de cazar y recolectar para dedicar más tiempo a los animales y a las tareas del campo.
¡Qué maravilla! Ya no tenían que mudarse cuando escaseaba la caza, podían tener chozas bastante apañadas y con un poco de suerte, tras consumir lo que les daba el campo, sobraba un poco para el invierno y para comerciar. La comida se hacía más abundante y por primera vez en la historia del Homo Sapiens, sobraba y podía almacenarse. Esto hizo que algunos miembros de la tribu dejaran su labor en el campo para construir vasijas, hachas, ornamentos y flechas. Otros dedicaron más tiempo a rezar, otros, a defender el campamento. Cuando eran nómadas, si otra tribu les amenazaba, era fácil huir. Ahora tenían todas esas cosas que debían proteger, así que poco a poco fue apareciendo el oficio del guerrero.

Los que “decidieron” mantenerse en su antiguo estilo nómada perecieron o se vieron relegados a lugares que nadie quería. Los nuevos hombres sedentarios eran más y tenían guerreros especializados. Así, sin casi darse cuenta, los nómadas y su estilo de vida fue desapareciendo.
Gracias a que había más comida y a que no había que mudarse cada poco tiempo, los nuevos pobladores pudieron criar más hijos, así que los poblados devinieron en ciudades y cada vez más y más gente vivía en menos espacio. Con el aumento de los excedentes y del comercio, todo se complicó, así que unos pocos privilegiados dejaron la azada y se dedicaron a organizarlo todo. Los burócratas y políticos habían nacido y no pensaban irse nunca más. La mayor parte de la población seguía en el campo, pero una minoría pudo escapar y enriquecerse. Cuando los jefes tuvieron su propia guardia y a los sacerdotes justificando su puesto, ya nadie los movió de ahí.
La civilización prosperaba. Tras milenios en los que apenas se había inventado nada, surgieron la rueda, el molino, la escritura, el bronce, el hierro, la filosofía… Todo aquello que todavía nos maravilla hoy, nunca habría aparecido sin la Revolución Agrícola. Tuvo que ser fascinante ver todo aquello. ¿O no?
Quizás hayas notado mi tono irónico. Bueno, tampoco es irónico del todo, esto ocurrió y por eso admiramos tanto esa época de la historia. Sin embargo, pese a que antropólogos e historiadores lo han advertido en numerosas obras, seguimos sin ser conscientes del retroceso que supuso para los primeros pobladores del neolítico el paso a esa nueva era. Veamos a qué me refiero.
Bueno para la civilización, malo para las personas
Lo primero que debemos entender para captar la tesis de este capítulo, es que los cazadores recolectores llevaban viviendo la misma vida durante cientos de miles de años. Hubo cambios, por supuesto: el manejo del fuego, el desarrollo del lenguaje abstracto, la fabricación de herramientas sencillas, el arte rupestre… Pero en lo fundamental vivieron igual generación tras generación, tras generación. ¿Menudo aburrimiento, no?
En nuestra época cada generación tiene un nuevo cachivache: la radio, la TV, internet, las redes sociales, el turismo, las IAs… Pues sí, hace 50.000 años el nieto llevaba exactamente la misma vida que el abuelo. Los cambios culturales era muy, muy lentos. Eso hacía que el reloj biológico estuviese perfectamente sincronizado con el reloj cultural. Es decir, los genes desplegaban la maquinaria que hacía falta para el estilo de vida que tenían. Estaban adaptados al medio. Los cuerpos de los primeros Homo Sapiens habían sido diseñados por la madre evolución para cazar, recolectar, manejar herramientas, seguir rastros, aprender, contar historias, criar niños, chismorrear, asesinar a los extranjeros entrometidos y buscar refugio.
Nuestra mente y nuestro cuerpo recibían justo lo que necesitaban: comida natural y variada, agua, aire puro, relaciones sociales íntimas, largas caminatas, sexo, descanso y juego.
Las relaciones dentro de la banda no eran el ideal de igualdad y paz que algunos pretenden, pero eran definitivamente más equilibradas que tras la Revolución Agrícola. Las relaciones entre los miembros se establecían principalmente por sus competencias tanto físicas como sociales. Podía haber un líder, pero su estilo de liderazgo era necesariamente blando porque no tenía una guardia que le protegiese si cabreaba al resto. Las relaciones entre hombres y mujeres también era más igualitarias que las sociedades patriarcales agrícolas, aunque cada uno tenía su papel.
En cuanto a la violencia, existía, sin duda, más de lo que cualquier miembro de una sociedad moderna y civilizada toleraría. Pero no era una violencia organizada como habría tras la Revolución Agrícola. No había guerras, más bien había escaramuzas y asesinatos puntuales.
¿Qué pasó tras la Revolución Agrícola?
Pasaron muchas cosas que nos sacaron de nuestro del “Jardín del Edén”. Para empezar lo más obvio: la comida. Pasamos de comer docenas de plantas y animales diferentes a alimentarnos básicamente de unos pocos cereales, legumbres y animales. Esto redujo drásticamente la calidad de la dieta provocando problemas dentales, anemia y raquitismo. Podemos verlo en los restos arqueológicos claramente: nos volvimos más bajitos y teníamos más caries. Había más comida, sí, pero también dependíamos drásticamente del rendimiento de las cosechas, por lo que las hambrunas se hicieron más habituales.
En cuanto al movimiento, los agricultores se movían mucho de forma repetitiva y menos natural para el diseño de nuestros cuerpos. El campo exige mucho al cuerpo porque no evolucionamos para pasar horas bajo el sol cavando la tierra.
Al vivir más hacinados y junto con los animales, empezamos a sufrir toda clase de enfermedades relacionados con parásitos y microbios que eran inéditas hasta la fecha. Las grandes plagas son cosa de la era agraria, sobre todo tras el nacimiento de las grandes ciudades.
¿Y qué hay del descanso y del ocio? Los cazadores recolectores no necesitan dedicar más de 15-20 horas semanales para asegurar su sustento. Los agricultores tenían jornadas hasta dos o tres veces más largas. Para colmo, políticos y burócratas empezaron a quitarles buena parte de su cosecha. Ahí empezaron los impuestos.
Nota: es cierto que las jornadas en el campo eran largas pero el trabajo era estacional. En invierno, la carga de trabajo bajaba mucho.
En realidad sí hubo unos pocos beneficiados de la Revolución Agrícola. Esa minoría que quitaba el pan a los campesinos para vivir de forma ostentosa y unos pocos comerciantes y artesanos. Pero no olvidemos que eran una minoría.
¿Y qué pasó desde la Revolución Agrícola hasta la Revolución Industrial?
Pasaron muchas cosas, pero en lo esencial, la mayor parte de la gente siguió teniendo una vida miserable. 8-9 de cada 10 personas trabajaban en el campo. Muchos en régimen de esclavitud o servidumbre.
Y este es otro punto clave; la libertad. El cazador recolector era libre de moverse a su antojo. Incluso podía intentar cambiar de banda si tenía problemas en la suya. Sin embargo, la mayoría del campesinado vivía atado a la tierra, rindiendo tributo a su señor, y no podía hacer gran cosa para cambiarlo.

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Después de la Revolución Industrial
No voy a explicar ahora la Revolución Industrial porque a todos nos suena. Empezó en Inglaterra, gracias sobre todo a la combo perfecta entre carbón y máquina de vapor. Las ciudades se llenaron de fábricas y los campesinos migraron a la ciudad a la espera de una vida mejor. Pobres… no sabían la que le esperaba… Jornadas interminables de hasta 16 horas en fábricas ruidosas realizando trabajos repetitivos para ganar una miseria. Ciudades atestadas y sucias, llenas de ratas y humo. Capataces impasibles que exprimían cada gota de sudor de los proletarios… Niños de 7 años hilando algodón y limpiando las máquinas.

Al volver a casa la situación no mejoraba. En las casas de los barrios obreros convivían de 8 a 10 personas en una misma habitación, compartiendo letrina con docenas de personas, sin agua corriente. Era una vida atroz. Si un cazador recolector hubiera podido ver eso por un mirilla habría huido aterrorizado. Esos años oscuros quizás fueron unos de los más duros en los que se ha podido vivir. En algunos barrios fabriles la esperanza de vida cayó a poco más de 25 años.
Compara por un momento esa vida con la de un forrajero de hace 20.000 años. No había color.
Las revoluciones han sido terribles para las que las vivieron. Al igual que ocurrió con los que iniciaron la Revolución Agrícola, los iniciadores de la Revolución Industrial fueron conejillos de indias del progreso.
Tiempos mejores
Por fortuna, la mecanización aumentó la producción lo que a su vez aumentó la riqueza. Al principio sólo unos pocos la disfrutaron: empresarios, banqueros y comerciantes. Como siempre desde que comenzó la civilización, unos pocos han tenido la suerte de estar en la cima de la pirámide (sustentada por una mayoría). Pero con el tiempo, esa riqueza fue calando a los estratos sociales más bajos. Los precios de los alimentos y la ropa bajaron. El ferrocarril permitió que cualquier persona pudiese viajar largas distancias. Los salarios fueron aumentando y las condiciones de trabajo fueron mejorando poco a poco gracias a los sindicatos, los partidos laboristas y la presión social. Las ciudades también se volvieron lugares más limpios, aunque eso llevó mucho tiempo.
Llegó el siglo XX y con él, el Estado del bienestar. El crecimiento económico y el Estado del bienestar permitió crear la clase media que hoy habita buena parte de los países desarrollados. Al fin salimos de la trampa de la miseria. Pero eso sólo ocurrió pasada la Segunda Guerra Mundial, y sólo en unos pocos lugares privilegiados del planeta. Todo apunta a que pronto ese aumento de la riqueza hará que más y más ciudadanos de todo el mundo puedan superar la calidad de vida de nuestros ancestros forrajeadores. ¿O no?

Tocamos fondo tras la Revolución Industrial, pero hoy parece que estamos mejor que nunca. Eso es lo que pensamos muchos, pero creo que debemos hacer un análisis un poco más minucioso.
¿Qué significa vivir mejor que nunca?
Lo primero que me viene a la cabeza es que somos más felices que nunca. Pero, ¿somos más felices que los londinenses victorianos, que los griegos atenienses, que los chinos de la dinastía Ming? Es imposible responder a esa pregunta ya que en esas épocas no se hacían encuestas de felicidad 😛
Sin embargo, ahora vivimos más, tenemos menos enfermedades, somos más ricos, menos violentos y tenemos más tiempo libre. Yo diría que sí, que somos más felices que un ciudadano medio de cualquiera de esas épocas.
Pero tengo más dudas cuando nos comparo con nuestros antepasados del paleolítico. La razón principal es que, aunque hoy vivimos más, somos más ricos, vivimos más seguros y tenemos Netflix, nuestros antepasados vivían más acorde a su naturaleza que nosotros. Comían lo que su cuerpo necesitaba, vivían de acuerdo al sol y a las estaciones, disfrutaban de mucho tiempo libre y descanso, estaban rodeados de su tribu y se movían continuamente.
Hoy comemos cosas que no pueden ni llamarse alimentos. Necesitamos ir al gimnasio porque el resto del día estamos sentados. Vivimos muchos años con mala calidad de vida debido a las enfermedades de la civilización. Estamos enganchados a un aparato que desajusta nuestro sistema dopaminérgico. Hemos sustituido el sexo por la pornografía, los juegos en la calle por los videojuegos, la sabana por los parques urbanos, la familia por… ¿las redes sociales?

No pretendo idealizar el pasado, soy consciente de lo afortunado que soy por vivir en el siglo XXI. Sin embargo, creo que mucha gente no es consciente del coste que ha tenido el progreso. Han sido 10.000 años de miseria para que al fin podamos vivir rodeados de riqueza (eso sí, todavía solo unos pocos). E incluso siendo más ricos, seguimos trabajando más horas que nuestros ancestros, siempre con prisas, acojonados por el cambio climático, la guerra de Ucrania, el genocidio palestino, el patriarcado… y sufrimos obesidad y todo tipo de enfermedades crónicas. Llámame loco, pero creo que no es obvio que estemos mejor ahora que hace 15.000 años.
Para terminar quiero dejar claro que este no es un capítulo pesimista. Me considero un afortunado por nacer en los 80 en un país desarrollado. Me encanta mi vida, he tenido mucha suerte. Si estás leyendo esto, seguramente tú también eres un afortunado. Pero esto no significa que olvidemos lo que ha sido esta historia de progreso y miseria. Y no quita darnos cuenta de que estamos lejos de vivir una vida acorde con nuestras necesidades biológicas. Las enfermedades de la civilización y la persistencia de depresión y ansiedad es un ejemplo claro de ese malestar. ¿El malestar de la civilización? Podemos llamarlo así. Podemos sentirnos afortunados por los frutos que nos ha dado el progreso y, al mismo tiempo, ser conscientes del peso con el que cargamos. Sólo entonces podemos empezar a realizar cambios en nuestra vida que nos hagan salir de este zoológico humano en el que nos hayamos inmersos y volvamos a conectar con nuestra naturaleza. Más aire libre, más movimiento, más comida real, más relaciones auténticas y más naturaleza.
Una nota para los amantes del progreso. Sí, lo sé, es imposible que 8.000 millones de personas lleven una vida paleolítica. Aunque quisiéramos, el planeta no lo aguantaría. Las ciudades, la tecnología agraria puntera y la producción industrial es necesaria para sustentar a tanta gente.r las tentaciones. Tengo algunas de estas características pero no merezco ninguna. La suerte fue la que construyó mi cuerpo y mi mente y la que me condujo por el azaroso camino de la vida. Ante eso, solo puedo dar las gracias.
Hola, es muy valioso lo que compartes. Cuando leo tu ensayo no dejo de pensar en algunos aspectos de la humanidad que me generan reticencia. Uno de ellos tú lo mencionas: Desde la civilización siempre ha habido unos pocos que se benefician de los demás. Pero a diferencia de lo que mencionas como suerte yo creo que esto es algo intencional. Claro, como individuos no escogemos dónde ni cuando nacer, pero nuestros progenitores si.
Quizá conozcas el informe de Oxfam titulado “El Saqueo Continúa”. Es un documento muy bien condensado que aborda la brecha social económica en el mundo moderno como un producto histórico de extracción colonialista. Las grandes riquezas de países o personas, no suelen tener las manos limpias, en muchos sentidos. Y lo que siento es que vivimos en un mundo construido por y a la medida de esos pocos (no puedo ser feliz con esa idea).
Los datos macroeconómicos suelen decirnos que el mundo va bien y que es cada vez más rico. Pero lo que yo veo es la constante y creciente pérdida de poder adquisitivo de la clase trabajadora. ¿Cómo es que en un mundo tan rico un trabajador promedio no puede permitirse ya un lugar propio para vivir? ¿Realmente la economía de quién es la que esta creciendo? Y ni hablar de los efectos psicológicos que pueden subyacer en este hecho, teniendo en cuenta que evolucionamos justamente para sentirnos seguros en “nuestro lugar”.
Ahora, suma la miseria que traerá la revolución tecnológica de este siglo. Y miseria no sólo monetaria, también existencial. La paradoja de la carrera por la dominación tecnológica llega justo cuando la humanidad debía ser mas mesurada con el consumo de recursos y energía. Los efectos de ello serán desgarradores, ya no están desgarrando. Como persona curiosa de la ciencia me alegro también por vivir en esta galopante época. Pero los antecedentes de las revoluciones están ahí, y como tu dices, en cada revolución muchos terminan pagando los platos rotos.
Quizá, si yo tuviese una maquina del tiempo regresaría sólo si voy a nacer en un naciente estado de bienestar del norte global.