Hace 15 días publiqué el primer capítulo de esta mini-serie sobre cómo debatir sin parecer un gilipollas. En el primer capítulo respondí a tres preguntas:
- ¿Por qué debatimos tan mal?
- ¿Cuál es el fin del debate?
- ¿Cuál debería ser?
Hoy voy a cerrar la cuestión con la parte más práctica. Voy a responder a dos preguntas:
- ¿Debo seguir las reglas del debate limpio si el otro no lo hace?
- ¿Cómo puedo debatir mejor?
También lo puedes escuchar en Spotify, iVoox y Apple.
¿Debatir cuando el otro no quiere debatir?
Digamos que tú haces el intento de debatir con honestidad, respeto y mesura pero cada día te pegas contra la pared del chavacanismo y la intolerancia. ¿Qué hacer?
Este es un dilema al que me enfrento a menudo. ¿He de debatir con los que no quiere debatir, sino imponer sus ideas? ¿He de debatir con los que dicen que la verdad no existe y que cada uno tiene la suya propia? ¿He de debatir con los que pisotean la razón?
Difícil respuesta. Lo que está claro es que no te vas a encontrar muchos buenos compañeros de mesa por ahí. Como decía antes, hay pocos incentivos. La gente no te suele dar una palmadita en la espalda por usar buenos argumentos y exponer evidencias. Más bien vitorean al cuñado de turno que suelta su cliché por quinta vez.
Además, lo que vemos en la tele y en Youtube es que rara vez “gana” el debate el más sosegado y respetuoso. A menudo la retórica y las malas artes, el carisma, incluso la burla es la que inclina la balanza. Al menos si usamos los criterios de los medios de comunicación para designar al ganador.
Yo veo el debate con otro prisma muy diferente. Para mí ganar es aprender. Si aprendo, aunque sea de una persona que no me gusta, o que usa algunas malas artes, está bien. Es verdad que en un primer momento me voy a molestar. Pero al día siguiente, en frío digo: “en esto quizás tenga razón”. Siento que esa idea me incomoda, quizás porque es buena aunque yo no la hubiera pensado antes. Me pongo a investigar, y ahí está. Yo estaba equivocado y ahora tengo un mapa mejor. Gracias.
No quiero idealizar este proceso. Me toca las narices que me lleven la contraria con malos modos. Echa un vistazo a los comentarios sobre el capítulo del genocidio en Gaza y podrás sentir mi malestar. Pero al final, siempre pasa y cuando pasa, aprendo. Y eso, eso es algo muy valioso.
Obviamente hay personas de las que no vas a aprender. Si es el caso, date media vuelta y vete. Seguramente esas personas tampoco van a aprender de ti porque no te escuchan. No merece la pena el calentón. A no ser… a no ser que haya otros observando. En ese caso, puedes utilizar el debate para ilustrar algunas de tus buenas ideas. Y quién sabe, quizás alguno de los presentes aprenda algo.
Cada vez que alguien aprende algo y se acerca a la verdad, damos un pequeño paso civilizatorio. Cada pieza que encaja en la cabeza de un desconocido es un paso hacia un mundo mejor. Sí, lo sé, soy un idealista, pero creo que tengo razón 😉
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¿Primeros pasos para debatir mejor?
Si has llegado hasta aquí, es que el tema te interesa, así que voy a compartir contigo algunos consejos para debatir mejor. Espero que, de paso, esto ponga un pequeño granito de arena en este mundo tan polarizado. ¡Vamos allá!
Antes de hablar, asegúrate de entender lo que el otro está diciendo. No luches contra hombres de paja. Primero explica con tus palabras lo que el otro ha querido decir. No rebatas nada hasta que te confirme que lo has entendido bien. Y si puedes, haz algo todavía mejor, construye un hombre de acero, una versión más fuerte del argumento contrario. Si resiste eso, tu crítica será mucho más sólida.
Definir conjuntamente los términos importantes. Como he dicho antes, muchos debates son una pérdida de tiempo porque cada uno está hablando de su libro. Una pregunta como “¿A qué te refieres con igualdad?” o “Cuando hablas de daño que está provocando la inmigración, ¿de qué hablas exactamente? os va a venir de perlas. Nos cuesta preguntar, porque tenemos prisa por hablar. Eso es una señal de que nos importa más ganar estatus que aprender. Oblígate a preguntar. Pero haz las preguntas importantes, y las definiciones son parte de esas preguntas.
Otra cuestión fundamental y que se nos olvida en cuanto nos meten un poco el dedo en el ojo, es que la otra persona es buena. Tiene buenas intenciones. Hoy en España la gente de izquierdas cree que los votantes de VOX comen niños y los votantes de VOX creen que la izquierda está llena de buenistas estúpidos. Desde ahí no se puede conversar. Por mucho que nos cueste, primero tenemos que ver al otro como un ser humano, con buenas intenciones. Si no lo haces, todo lo que digan pasará por el filtro de la desconfianza y será imposible entenderse.
La mayoría de las personas no es tan diferente a nosotros. Casi todos preferimos el bien al mal.
Y compartimos más valores de los que creemos. La mayoría de los occidentales defendemos la libertad de expresión, la democracia, proteger al débil y la existencia del Estado. Si bien podemos diferir en cómo debería ser una democracia, cuáles deberían ser los límites de la libertad de expresión, o el tamaño del Estado. Es correcto el cliché de que tenemos muchas más cosas en común de las que nos separan. ¿Qué ocurre entonces? ¿Por qué parece que no nos ponemos de acuerdo en nada? Pues porque estamos todo el puñetero día señalando las diferencias, incluso cuando son inexistentes. Tenemos esa necesidad de diferenciarnos que es explotada por políticos, medios de comunicación y gurús de todo tipo y pelaje.
Por eso surgen las guerras civiles. Pero a nadie le gustan las guerras civiles, ¿verdad? Pues pongamos más foco en lo que nos une y busquemos formas pacíficas de debatir lo que nos separa.
En el proceso de ganar la confianza del otro, es crucial la validación. Si yo en un debate lo único que hago es señalar las faltas del otro, sus carencias, sus “ideas estúpidas”, a los dos minutos lo tendré a la defensiva y deseando mi muerte. Lo bueno es que con poca cosa podemos suavizar esto. De todo lo que te diga, busca en qué puedes estar de acuerdo. Seguro que hay algo, aunque sea pequeño. Dilo. Hazle saber que no sois tan distintos y que valoras su punto de vista.
Valorar las ideas de alguien es validarlo a él.
Sé amable, incluso cuando digas cosas duras. Somos más sensibles de lo que parece, sobre todo cuando debatimos con desconocidos o con oponentes.
Desactiva la desconfianza usando palabras amables entre un argumento y otro. No vas a perder credibilidad por ello. Personajes como Risto Mejide que piensan que tiene que usar malas formas para decir las cosas y que suenen más importantes o profundas, están completamente equivocados. Me gusta Steven Pinker, no solo por lo que dice, sino por cómo lo dice. Es valiente para defender ideas impopulares y, aun así, amable y divertido.
Personas como deberían ser nuestros referentes. No personas como Arturo Pérez-Reverte o Pablo Iglesias.
Quizás lo dicho hasta ahora te parezca de perogrullo. Bueno, tenía que decirlo porque veo que no mucha gente lo aplica. Ahora te daré otro consejo menos conocido.
Buscar el punto esencial de desacuerdo. Las personas que mejor he visto debatir son los miembros del famoso foro racionalista LessWrong. En este foro tienen una máxima: encontrar el punto esencial de desencuentro. Es decir, entre ambas partes van explorando las ideas que se ponen encima de la mesa, buscando el núcleo, la esencia de cada postura. Al final, descubrirán que hay una diferencia irreconciliable: de valores, de visión o de filosofía. Cuando llegas a ese punto, seguir debatiendo ya no tiene sentido. Me explico:
Cuando dos personas entienden perfectamente las razones del otro, pero aún así discrepan, seguir discutiendo ya no sirve de nada. En cambio, reconocer ese punto esencial de desencuentro tiene un valor enorme, ya que permite cerrar el debate con claridad y respeto.
Ya no se trata de ganar, sino de entender dónde exactamente divergen las posturas. A veces el desacuerdo está en los hechos y puede resolverse buscando evidencias. Pero otras veces el desacuerdo está en los valores o marcos éticos. Es decir, en aquello que cada persona prioriza y que es muy personal. Lo que uno considera justo o valioso puede ser muy distinto para el otro. Nuestra personalidad y nuestras experiencias nos dan marcos morales distintos, sensibilidades distintas, niveles de riesgo distintos. Y eso no lo vamos a cambiar simplemente con más argumentos y datos.
Pongamos un ejemplo imaginario. Dos usuarios de un foro debaten sobre el riesgo existencial de la inteligencia artificial. Uno sostiene que el desarrollo rápido de la IA debe ser detenido hasta garantizar su seguridad, mientras que el otro argumenta que el progreso debe continuar, pues ralentizarlo podría retrasar avances que salvarán millones de vidas en el futuro.
Durante días discuten sobre datos, modelos y probabilidades, pero no logran un acuerdo. Hasta que uno de ellos dice:
“Creo que ya hemos llegado al punto esencial de desencuentro. Tú priorizas minimizar el riesgo de una catástrofe improbable pero irreversible. Yo priorizo maximizar el bienestar esperado a largo plazo, incluso si eso implica asumir ciertos riesgos. En el fondo, no discrepamos sobre los hechos, sino sobre qué tipo de error preferimos evitar.”
En ese momento, el debate se cierra con respeto y claridad. No hay acuerdo pero existe una comprensión mutua genuina.
Buscar el punto esencial de desacuerdo no es rendirse. Es alcanzar claridad: saber qué parte del desacuerdo se puede resolver y cuál no.
Cuando se busca el punto esencial de desacuerdo, la dinámica de la conversación cambia, porque no se pretende apabullar al otro con una pila de argumentos, datos y figuras retóricas. Es más bien un trabajo en equipo, una investigación conjunta que nace de una curiosidad genuina por comprender al otro y ver si tiene algo que aportar a nuestros mapas.
Y antes de acabar, algo obvio que se nos olvida: en un debate hay que dar argumentos y evidencias. La retórica es muy poderosa, pero sin argumentos y evidencias estamos tratando al otro como a un niño. “Esto es así porque lo digo yo”. Si afirmas algo, como que la democracia es el mejor sistema, prepárate para explicarlo. Lo que es obvio para ti puede no serlo para los demás.
¿Cómo has llegado a esas conclusiones? ¿En qué te basas? ¿Existen evidencias de que las democracias han traído prosperidad y bienestar? Tendrás que responderte a estas preguntas antes de poder debatir.
Es difícil y muchas veces no estamos preparados, porque hemos comprado consignas sin entender las razones. Pero un debate no es una confrontación de consignas, sino una batalla de argumentos y evidencias.
Los argumentos son importantes porque nos permiten comprender de dónde vienen las afirmaciones. Cuáles son las causas, las relaciones entre las ideas y la lógica que has seguido para dar forma a tu creencia. Otro motivo por el que los argumentos son importantes es porque pueden evaluarse. Hay argumentos mejores que otros. Por el contrario, no puedo evaluar un consigna como “la democracia es el mejor de los sistemas políticos”. ¿Mejor en qué? ¿Por qué? Si me dices que la democracia es el mejor sistema y quieres que cambie mi punto de vista, tendrás que convencerme con razones.
Por último quiero sacar a colación otro valor fundamental en los debates: la valentía.
Hablar de temas difíciles nos obliga a revisar creencias que quizá estén equivocadas. En su día, incluso los hombres más bondadosos de Estados Unidos no cuestionaban la esclavitud. Y ese silencio era parte del problema.
Si nadie preguntaba: “¿es justo esclavizar a los negros?”, ¿cómo iba a replantearse en algún momento la esclavitud? Detrás de cada gran avance hay personas que hacen las preguntas difíciles y que mantienen las posturas menos populares. Esas personas son tremendamente valiosas incluso cuando se equivocan.
Por eso al debatir es importante defender las ideas que consideras correctas aunque sean impopulares. No hablo de cabezonería. No hablo de agarrarse a cualquier idea sin fundamento porque es políticamente incorrecta. Hablo de defender una idea sobre la que has reflexionado, cuyos argumentos y evidencias has puesto a prueba y sigue resistiendo. Esas ideas son importantes, más cuando nadie se atreve a sostenerlas.
Si te interesa el pensamiento crítico, si quieres ser capaz de analizar cualquier cuestión de la forma más objetiva y crítica posible, echa un ojo a la segunda edición del Curso Avanzado de Pensamiento Crítico.
Gracias, Val, por otra clase magistral.